miércoles, 5 de junio de 2013

MI libro "Más allá de las diferencias"



Editado por Credo Ediciones, a fines de este mes aparecerá mi libro, fruto de mi tesis de Magister, denominado; " Más Allá de las diferencias: Teología de la Liberación y Doctrina Social de la Iglesia, un intento de Síntesis". Libro que se encuentra a la venta en el siguiente link. Aquí les dejo parte de la introducción al libro:

"La realidad de pobreza e injusticia que sufren muchos hombres y mujeres de nuestro continente, y del mundo entero, es un grave desafío a la conciencia de los creyentes, que interroga profundamente y llama a buscar alternativas de solución concretas, desde la perspectiva de la fe y de la acción cristiana militante. La necesaria promoción de la persona, inspirada en el mensaje evangélico, ha urgido diversas respuestas al acontecer socio, político y económico,  que buscan  liberar de la condición de opresión – negación, en la que viven millones de hermanos nuestros, que son, a la luz de la fe, “los rostros concretos de Cristo que nos cuestiona e interpela.” 

         Históricamente se han dado dos mediaciones que han intentado dar una respuesta de la problemática, antes descrita, desde el compromiso cristiano; la Doctrina Social de la Iglesia y la Teología de la Liberación.

         Las páginas que siguen a continuación, pretenden analizar los aportes que la Teología de la liberación ha realizado a la ética social Cristiana, expresada en la Doctrina Social de la Iglesia, en el contexto eclesial, y como respuesta a la realidad de pobreza e injusticia que sacudían el continente en las últimas décadas del siglo recién pasado.  Este análisis se hará siguiendo los principales temas que recogen la obra de uno de los exponentes de esta corriente teológica latinoamericana; Leonardo Boff. Nuestra intención es recoger, una vez aquietadas las aguas y decantada la controversia, los principales tópicos que esta disciplina teológica ha entregado a la reflexión social de la Iglesia y a la vivencia de la fe latinoamericana. Más que abordar las grandes diferencias, será nuestro propósito destacar la necesaria complementariedad y contribución de esta última a la Doctrina Social de la Iglesia, tratando de superar la comprensión de ambas como paralelas y antagónicas entre sí.

         Sabemos que la empresa que nos proponemos tiene muchas limitaciones. Pero queremos asumirlas por amor a la verdad y a la Iglesia. Como legado en el que las futuras generaciones  pueden ver la acción de Dios caminando en nuestra historia. Limitaciones que quieren ser asumidas por respeto al esfuerzo de muchos cristianos que, inspirados en una fe que se indigna ante la pobreza y humillación de tantas personas, es capaz de esbozar caminos de salida y concreciones del amor al prójimo en la práxis histórica.

En el transcurso de los acontecimientos hubo quienes afirmaron que ambas disciplinas eran antagónicas entre sí y las confrontaciones entre sus representantes se hizo cada vez más aguda y poco conciliadora. Sin embargo, creemos que la teología de la liberación, lejos de las interpretaciones mal intencionadas, ha sido un aporte real y concreto, a partir de la pastoral liberadora de la Iglesia latinoamericana, a la Doctrina moral social de la Iglesia católica universal, especialmente en lo que dice relación con el compromiso social concreto, en la reflexión de la experiencia creyente en diálogo permanente con las ciencias humanas y sociales, en la irrupción de los pobres como sujetos activos de su propia liberación, en la lucha por la justicia y la promoción humana, en el servicio y construcción del reinado de Dios en el ahora histórico como preludio del reino definitivo al que nos llama Jesús.

Creemos que la fe cristiana tiene mucho que decir en el quehacer sociopolítico y económico de América latina. Que las opciones que se realizan deben favorecer la promoción y liberación de los seres humanos  y deben estar iluminados por la justicia y la caridad cristiana, inspiradas en el Evangelio y la moral que nace de él.

En un primer momento de nuestra investigación, queremos situar el contexto histórico en el que surge la Teología de la Liberación, ya que ella se enmarca dentro de un entramado amplio y complejo, que es preciso recorrer para poder descubrir su originalidad y novedad en el acontecer histórico. En este capítulo nos podremos dar cuenta de la realidad de pobreza y marginación que vive el continente, así como los intentos por salir de el. Trataremos de ver cuáles han sido las principales dificultades económicas por las que atravesaba el continente. Veremos que, a pesar de las buenas intenciones, nuestros pueblos vivían una situación de explotación e iniquidad que se vieron agravadas por la imposición de políticas neoliberales de ajuste estructural, con escasa inversión social y el pago de millonarias deudas que relegaron a nuestros países a desigualdades sociales y económicas nunca antes vistas.

Esta situación se ve profundizada con la emergencia, en nuestro continente, de regímenes totalitarios que, inspirados en la Ideología de Seguridad nacional, llenaron a nuestros pueblos de hambre, horror y muerte sistemáticas. En la década de los noventa asistimos a la vuelta de la democracia, con un fuerte acento en lo económico, que provoca la apatía y el desencanto por los temas que son comunes a todos los ciudadanos y consensos cupulares que son característicos de los regímenes latinoamericanos.

En este mismo contexto nos detendremos a mirar la situación de los indígenas y campesinos y las políticas sociales que se implementaron en el continente en el período que hemos seleccionado. Veremos que aún queda mucho camino por recorrer para poder alcanzar el sueño de encontrarnos con una sociedad más justa y fraterna.

Por otro lado, nos detendremos en los cambios que ha provocado el binomio modernidad / modernización en la constitución social de nuestras sociedades. En lo cultural,  las nuevas transformaciones en la esfera económico social y  el auge de las tecnologías de la información que traen consigo una nueva forma de enfrentarse al mundo, serán los temas que intentaremos vislumbrar como principales cambios culturales que nos acontecen.

Para terminar el capítulo, y como introducción al tema que nos ocupa, haremos una mirada global a los cambios eclesiales. Desde la novedad y vuelta a las fuentes del Concilio Vaticano II, y su nueva manera de concebir la Iglesia abierta al mundo, y su concreción y adaptación a la realidad latinoamericana en las conferencias de Medellín y de Puebla respectivamente. En este mismo contexto introduciremos a la teología de la Liberación como expresión de esta nueva forma que tienen los cristianos de enfrentarse con el mundo y de responder a las inquietantes realidades que sufre el continente.

En el segundo capítulo, intentaremos definir lo específico de cada una de estas disciplinas. Ello nos permitirá determinar los campos de acción propios de cada una y las grandes líneas de reflexión y de interpretación que tienen de la realidad. Posteriormente, evaluaremos el estado de las relaciones entre los representantes de la misma y veremos si, en realidad, podemos hablar de una complementariedad entre ambas disciplinas o simplemente son antagónicas entre sí y sin ninguna posibilidad de convergencia.

El tercer capítulo es, más bien, propositivo. Pretende elaborar un elenco de posibles aportes que consideramos importantes y que han sido, o pueden ser, introducidos en la reflexión social de la DSI. Aportes que se hacen desde la lectura de Leonardo Boff y algunas de sus obras. No queremos agotar en ese análisis el tema, sólo pretendemos motivar la valoración que hace falta de esta corriente teológica y que tan bien le puede hacer a la memoria histórica de nuestra Madre Iglesia.
 

Concluiremos con la  síntesis de estos aportes y que nos permitirán dar cuenta de que más allá de las diferencias, hay algo mucho más profundo que une a estas dos formas de explicitar el mensaje evangélico, que nos llama a construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario y en paz."

miércoles, 23 de enero de 2013

Educación, Mercaderes y valuadores


Tomado de "El Mostrador.c"
Autor: Juan Guillermo Tejeda, Académico U. de Chile
En un confuso y escandaloso artículo publicado sigilosamente en El Mercurio, José Joaquín Brunner, el paladín de las certificaciones, evaluaciones y rankings en educación, hace una loa abstracta del saber no certificado.
En realidad, la generación de conocimiento, que es la misión de las universidades, y sustancialmente de las universidades públicas, que por naturaleza identitaria no se casan ni con credos ni con intereses económicos, es la esencia del saber. Pero a menudo están infestadas de redes subterráneas, de usos burocráticos malignos cuya función es desesperanzar a los que tienen esperanza.
Pero no podemos saber de antemano aquello que está por saberse, y esa es una de las paradojas de nuestra miseria epistemológica: premiamos siempre a quienes no lo merecen, e ignoramos a los que amplían el escenario del saber. Lo normalizado es enemigo de lo nuevo, y lo nuevo es la salvación de la especie porque se adapta al contexto real, no al de las leyes, los formularios, las ceremonias o lo políticamente correcto.
La mayoría de los profesores basura explican conceptos basura que son basura porque el conocimiento siempre se mueve, y ellos están inmóviles. Suerte que los jóvenes vienen de revolcarse por internet, y allí hay un mundo que es a veces más real que el de cada día.
Pero Brunner, sociólogo (según el malvado Jocelyn-Holt, carente este sociólogo de títulos universitarios de esos que el propio Brunner evalúa, certifica y traduce a indicadores) no quiere saber lo que vendrá, sino que se conforma con graficar sociológicamente lo que hay. Su ciencia, dirían las mentes más chatas de nuestra sociedad, es describir con cierta elegancia incomprensible eso conocido como “es lo que hay”.
El conocimiento, sin embargo, nunca es lo que hay: es por naturaleza inquieto, imprevisible, vivo como el amor humano. Las universidades chilenas, plagadas de ‘Brunners’, de evaluadoras puntudas de proyectos Fondecyt que ahora son casi todas de la Universidad Católica, de fondartistas, de publicadores de papersmuertos antes de empezar a buscar vida, parecen ir siempre a la zaga de lo que la existencia lúgubre e irradiante nos trae como presa y como banquete.
La Revolución Francesa se convino en los salones de damas aristocráticas deseosas de vivir intensamente que acogían a pensadores que jamás fueron académicos. Poco antes Spinoza, que establecería la ética del amor propio y del bien como mejora en el perseverar del propio ser, declinó amablemente una invitación alemana que pese a un buen sueldo (¡atención, académicos prostitutos, ratas del saber!) contenía ciertas limitaciones letales a su libertad de pensamiento. Hobbes, el teórico de las dictaduras de derecha laica que tanto hemos conocido, tenía la peor opinión de sus profesores y condiscípulos de Oxford, empeñados en ecuaciones aristotélicas cuando se estaba pariendo, en ese siglo XVII, la peligrosa y maravillosa democracia.
Chile es un basural empresarial de universidades chatarra que venden y compran conocimiento. Brunner pesa y mide las partículas elementales de ese conocimiento, que así dividido resulta combinable y transable aunque no sea nada, porque el saber auténtico, lo señala Fernando Flores, es aquel donde irrumpe la danza del aprendizaje, señal de una dialéctica que une a espíritu y cuerpo en una sola perfomance triunfante, la del que aprende. El saber es transformación, no una suma muerta de indicadores muertos.
Cuando escucho hablar de “educación” me sobreviene una náusea parecida a cuando escucho hablar de “cultura”. Se trata de implementar con pinzas asépticas recursos para una cosa que los que implementan no tienen idea de qué es. Se trata de sectorizar lo que debiese ser un hábito cotidiano. Cotidianamente aprendemos, porque el hombre, como señala John Holt, es un animal que aprende. Cotidianamente participamos de la cultura cuando comemos, nos vestimos, elegimos un medio de transporte, hablamos o bailamos, no sólo cuando vamos a ver una película de Fellini.
La señora Thatcher fue estudiante en Oxford, y lo único que sacó en claro de su inmersión en esa universidad fundacional fue odiarla. Más tarde le devolvieron los oxfordianos su sentimiento al privarla de una distinción, aunque eso, para ella, no fue nada. Durante los años ochenta, la gestión thatcheriana consistió, en este aspecto de la vida social, en destruir a las universidades como espacios de libertad, de curiosidad, de conversación y de humanismo. Y reemplazar aquellas nobles tradiciones de la pérdida del tiempo por la adquisición ávida de indicadores basura que debieran demostrar que se está haciendo algo útil, como por ejemplo, preparar gente para ir a servir en empresas como Coca-Cola o Colchones Rosen (que son muy buenos) o bancos atroces que esquilman a la gente, o bares que venden comida congelada y con bacterias, todo eso que constituye el éxito económico lejos de la duda, la charla, la polémica, la humanidad, la vida. La vida, para esos seres miedosos como Thatcher o Brunner, es una insensatez que debemos vivir como si fuera algo sensato, y a través de indicadores.
Estos idiotas empeñados en hacer de la aventura del conocimiento un repositorio de indicadores,papers publicados, ponencias en congresos, artículos de libros, citaciones ISI y toda esa basura accesoria, han logrando hacerse cargo del sistema para corromperlo y destruirlo desde dentro.
Brunner habla de los valores humanos, aquellos que destruye con su práctica. Apela al conocimiento socrático, pero lo balancea con la necesidad de que sea para todos, lo que no se ve por qué razón no podría ser así.
Thatcher, Reagan, Pinochet, Harald Beyer, Juan José Ugarte y José Joaquín Brunner quieren hacer del conocimiento un mercadillo de indicadores que beneficien a los beneficiados de siempre, incorporando en calidad de deudores a los demás, y de eso no va a salir nada bueno. El conocimiento es otra cosa. Se trata de amar los libros o el vagabundeo por la red, que la mayoría de los paperistas odia. Se trata de mantenerse en la estupefacción, en la duda, de flotar libremente en los múltiples lenguajes que componen nuestra existencia.
Pero Brunner y sus secuaces (a lo mejor no son tan malos, los pobres) sólo piensan en formularios. Hay que llenar casilleros, obtener puntajes y, como anhelaba Thatcher, que nunca leyó un libro y estuvo unos días en Zapallar en la casa de Ricardo Claro, y defendió a Pinochet en Londres, finalmente ser capaces de decidir qué es útil y qué no lo es en el conocimiento. No es posible saberlo, señores y señoras. Lo nuevo siempre irrumpe, pero jamás por el escenario donde está anunciado.
Las universidades públicas chilenas, y la Universidad de Chile, gloriosa entre todas ellas, se encuentran hoy atrapadas entre dos fuerzas basurientas, aquella del mercado, y aquella de los indicadores. No va a negar uno que en las universidades se pierde el tiempo: para eso fueron hechas, para sacar a los jóvenes de la imbecilidad de los colegios con sus notas, y para darles un poco de protección y de libertad antes de entrar a la máquina de moler carne del mercado. Ya me dirán ustedes qué haríamos con un millón de jóvenes buscando trabajo o merodeando por las calles. Pero curiosamente si hace unos años los únicos que sufrían la humillación absurda de las notas eran los estudiantes, hoy gracias a Thatcher, Brunner, Beyer y compañía tenemos notas para todos: alumnos, profesores, investigadores, departamentos, escuelas, universidades, todo lleva una puntuación mezquina dictada por el esfínter mental de los profesores judicializados, que son los que la llevan.
Yo, francamente, creo que lo mejor de la vida está en lo que bulle en las personas, no en lo que unos burócratas redactando formularios creen que debieran ser, sino en lo que gozosa o dolorosamente son. No sé qué es esta vida ni a qué conduce, pero he experimentado el deseo, el placer, la curiosidad, la compasión, la sensación deliciosa de existir, y me parece que toda esta faramalla de fondos concursables y convenios de desempeño lo que hace es devaluar y finalmente sepultar nuestra humanidad.
Las universidades chilenas, así llamadas aunque la mayoría son basura, están extraviadas hoy en el reemplazo del saber por los indicadores, en un mundo turbio de notas, informes, formularios, certificaciones, exámenes, pruebas, titulaciones, calificaciones, evaluaciones, puntajes, cada una de las cuales genera su propia red corrupta de trucos y ardides. Estamos enseñando astucia, no conocimiento, estamos imprimiendo en los jóvenes desconfianza, no amor por la vida.
Así es que yo les digo, no a Brunner, no a Beyer, no a Ugarte, y sí a ustedes los aún humanos, joven universitario insurrecto, viejo académico deprimido. No a las notas, sí al buen ambiente. Aprendemos en ambientes gratos, en cambio con las notas aprendemos a mentir. Las evaluaciones continuas nos humillan, una bonita conversación nos ilumina. Los rankings nos convierten en mercadería, un campus a escala humana nos da un espacio para convivir.
Nos conviene decir no a la basura burocrática, y sí al espíritu humano con sus contradictorios deseos. Y nos urge sobre todo decir sí a una actitud de honestidad radical, volver a ser capaces de sentir nuestra verdad y decirla en un mundo que es finalmente nuestro mundo, el que habitamos, el único que tenemos.

martes, 18 de diciembre de 2012

LA EDUCACIÓN, ENTRE LO URGENTE Y LO IMPORTANTE


Ricardo Montes Pérez
Licenciado en Educación
Magister en Ética Social y Desarrollo Humano
Doctor en Filosofía


¿Puede un filósofo impedir filosofar? Se preguntaba Nietzsche en su primera conferencia sobre el provenir de la educación. Nosotros podríamos preguntarnos siguiendo la misma inspiración si puede un concepto de hombre, de sociedad y de educación impedirnos educar. Tal vez sea necesario, y eso creo hace falta resaltar lo medular que resulta clarificar aquello para poder comprender si la disyuntiva a la que nos vemos enfrentados puede ser de algún modo resuelta o vislumbrada.

Nietzsche nos señala en el mismo texto que se dan en nuestra educación dos grandes tendencias: Unas que favorecen la ampliación y difusión lo más posible de la cultura y otras que optan por restringir lo más posible el acceso a ellas. La primera, exige que la cultura sea accesible a la mayor cantidad de personas posibles y la otra, que pretende que ésta abandone tan nobles ideales y se ponga al servicio de otras formas de vida cualquiera.

1.       LA EDUCACIÓN ENTRE EL TENER Y LA UTILIDAD

Toda educación es una conjunción de los tres tiempos que conforman la vida de las personas. Es esencialmente una confluencia del pasado, presente y futuro. En relación con el pasado, en ella, los educandos recepcionan los conocimientos adquiridos por la experiencia humana, es decir, la historia juega un rol fundamental en el introducir a la persona a la experiencia de lo humano. Este bagaje adquiere sentido en la medida en que hace que estos sujetos se encuentren capacitados para vivir en sociedad, para manejar los elementos fundamentales de la cultura a la que acceden y de las cuales se sienten pertenecientes. Toda cultura, por definición, hace del ser humano un ex animal, es decir, hace que éste deje de ser uno más en la biósfera y se constituya como un ser humano miembro de la especie de los humanos.

El carácter más general y fundamental de una cultura es que debe ser aprendida, o sea, transmitida en alguna forma. Como sin su cultura un grupo humano no puede sobrevivir (a menos que asuma una cultura diversa, más o igualmente eficaz, caso en el que mutará concomitamente su naturaleza toda) es en interés del grupo que dicha cultura no se disperse ni se olvide, sino que transmita de las generaciones adultas a las más jóvenes a fin de que éstas se vuelvan igualmente hábiles para manejar los instrumentos culturales y hagan así posible que continúe la vida del grupo. Esta transmisión es la educación.

La educación es pues un fenómeno que puede asumir las formas y las modalidades más diversas, según sean diversos grupos humanos y su correspondiente grado de desarrollo; pero en esencia es siempre la misma cosa, esto es, la transmisión de la cultura del grupo de una generación a la otra, merced a lo cual las nuevas generaciones adquieren la habilidad necesaria para manejar las técnicas que condicionan la supervivencia del grupo. Desde este punto de vista, la educación se llama educación cultural en cuanto es precisamente trasmisión de la cultura del grupo, o bien educación institucional, en cuanto tiene como fin llevar las nuevas generaciones al nivel de las constituciones, o sea, de los modos de vida o las técnicas propias del grupo.

            Visto desde aquí podemos decir que la educación juega un rol no menor en la configuración de nuestra cultura. Pero la pregunta que nos surge es ¿De qué cultura la educación se hace regenadora? ¿Qué énfasis promueve nuestra cultura que reproduce nuestra educación? Me permito señalar sólo dos, a parte de la que ya se han enunciado; El tener y la utilidad.

a)       El tener:          No nos referimos aquí al tener como cualidad antropológica del ser humano, en cuanto que es ante toda definición que podamos hacer de él primeramente, un poseedor de esa definición (por ejemplo, cuando decimos que el hombre es un animal racional lo que decimos antes que ello es que el ser humano tiene racionalidad) sino que nos referimos al tener socioeconómico como condición indispensable para ser en nuestra cultura. Como dice Fromm, la gran promesa del hombre moderno es el progreso. Entiéndase por progreso aquella posibilidad humana de poseer una mayor y mejor calidad de vida, a la posibilidad de dominar la naturaleza, de la abundancia material y de alcanzar la felicidad para el mayor número de personas, entendida como la satisfacción indiscriminada de deseos materiales. Una cultura que privilegia el egoísmo a tal punto de hacer de éste el pilar de un modo de ser, de una ética, de un modo de concebir la vida  que reduce todo a la esfera de lo productivo, de la posesión individual de ciertos bienes que a su vez, son inventados por el comercio y promovidos por la publicidad.

 Vivimos en una cultura donde el tener configura a la persona en un eterno competidor y a los otros como rivales. Se da una necesidad de tener y quien carece parece esfumarse en el profundo espacio de la frustración existencial; es un perdedor, un indigente, un enfermo, un desadaptado social. Esta experiencia del egoísmo permite permear todas las realidades humanas, desde la más personal hasta la política y demás está  decir la económica. Egoísmo, o centralidad del tener, que hace que los gobernantes antepongan sus intereses personales a su responsabilidad social. Que hace que las personas se vean sometidas al capricho del endeudamiento que los aliena; consumir viene a ser el nuevo nombre de la paz, hasta que no puedas seguir solventando ese consumo. Quien no tiene no merece un trato digno, una educación digna, una salud digna. Merece, desde esta lectura, ser invisibilizado.

Vemos con patética indiferencia los rostros de millones de personas  a quienes les falta lo mínimo para sobrevivir. El egoísmo individualista, propiciado por una ideología economicista, que nos condena a privatizar los espacios de encuentro y colaboración mutua que necesitamos para reconocernos miembros de una gran familia; la familia humana. Hemos preferido la seguridad ciudadana  a la convivencia comunitaria, el miedo, expresado en detalles tan obvios como la proliferación de alarmas y sistemas de seguridad en nuestras casas) al diálogo, la policía a la mesa de diálogo para no dañar mis intereses, el engaño a la verdad, etc. Los datos estadísticos son patéticos y no podemos abstraernos de ellos; se hace urgente propiciar una nueva cultura, una nueva economía, una nueva manera de concebir un ethos, ajeno a la indiferencia e individualismo que nos acecha. Se hace necesario reconstruir lo más original que hay en el hombre, sus fundamentos últimos que nos devuelva la confianza y por sobre todo, la empatía y la simpatía, ante y frente al otro. Sólo si somos capaces de recuperar ese “Ser junto a otro”, propio de la condición humana,  podremos llamar al corazón humano sin el miedo a no ser escuchados.

b)      La Utilidad:    La cultura que nos asiste es una cultura que ha puesto de relieve un determinado ethos, es decir, un determinado modo de ser en el mundo. Este ethos está centrado en la obtención de ganancias. Toda la actividad humana está traspasada por la lógica de la opulencia.

Estamos en presencia de una mentalidad utilitarista que reconoce en el esfuerzo individual el único sentido de la acción humana. Lo especial de la situación actual radica en que se multiplican las señales que indican que esta marcada estimación utilitaria no ha hecho más que acentuarse en un sistema-mundo que se articula en lógica economicista, que integra todo en clave precio-ganancia-utilidad, que erosiona el bien intrínseco de las actividades humanas[1] y que amenaza con convertirlo todo en negocio, (de eso el fútbol nos da la mejor señal, lo que es por esencia un deporte se ha transformado en una maquinaria monopólica que entrega excedentes insospechados aún y de los cuales de seguro,  más adelante nos avergonzarán), apuntando a promover un sujeto con incapacidad crítica y falta de iniciativa moral[2] frente a un orden que en el privilegio de la mera funcionalidad no propicia, verdaderamente, ni la una ni la otra. Un orden que nos invita a sentirnos atraídos por el ethos de un modo de vida armonizado con el mercado mundial, que espera que cada ciudadano consiga, por ejemplo,  la educación necesaria para convertirse en un empresario que gestiona su propio capital humano. Resulta desaconsejable hablar de solidaridad en un contexto socio cultural y económico, y por lo mismo político, donde reside la ausencia de la centralidad del otro. Esto se evidencia, por poner sólo un ejemplo, en el mundo de la política donde  todo se transforma en ganancia, es decir, todo lo que se hace se hace con pretensión de satisfacer los deseos propios que se han propuesto como finalidad de algún determinado sujeto.[3] Una sociedad midástrica que desea y busca que todo aquello que toque se convierta en oro, pero que con ello pierde el sentido de la cercanía y la proximidad

Paradójicamente, la vigencia de los cánones económico-utilitarios aparece, en los hechos, fortaleciendo la desigualdad en el acceso y en la calidad de la educación que reciben los individuos, al menos en países como el nuestro. De esta manera, se hace inevitable que esta retórica que vincula educación y desarrollo resulte sospechosa al no reflejar, al mismo tiempo, impulsos efectivos hacia la inclusión y equidad en el sistema educativo. Quizás no hay accidente en esto, sino la evidencia de un proceso que no logra inscribirse en un proyecto de desarrollo con auténtica irrigación ética, que simplemente no tiene la justicia social como meta que decide y anima su impulso.

¿Cómo educar en una cultura que favorece estos ideales? ¿Qué es lo urgente hoy que habrá que educar o señalar como digno de resaltar; la competencia, la eficiencia, la economía, la supeditación de lo público a lo privado, la forja de un sujeto unidimensional, inseguro, incapacitado para la convivencia, enamorado de su propio porvenir?

2.              OTRO MODO DE HACER EDUCACIÓN

Partamos de una constatación kantiana fundamental: sólo mediante la educación podemos dar forma a la existencia humana. Estamos convencidos de que la persona tiene en sí misma un germen de bien y que la educación es la herramienta propicia y única mediante la cual éste puede desarrollar este bien, de pasar del ser al deber ser. La educación hace al hombre, sin educación, nos señala Kant, el hombre no es nada. La educación representa la estructura constitutiva y constituyente de la comprensión y despliegue de la moralidad, ni más ni menos, que el proceso en el que se articulan los esfuerzos y cuidados dirigidos a la habilitación del ser humano como tal.

Siguiendo a Kant podríamos decir que la única forma de responder  a la urgencia por los cambios que necesitamos como sociedad para forjar una nueva cultura pasan necesariamente por un nuevo modo de educar. Pasan por una comprensión del ser humano esencialmente distinta. A modo de propuesta podríamos decir:

a)       La comprensión del hombre como un ser Social: Esto no es nuevo y todos lo tenemos intelectualmente interiorizado. El hombre es un ser social, quien por medio del lenguaje, es capaz de entablar relaciones significativas con el otro.

b)      Educar en la autonomía: Educar para la autonomía: sentido ético más profundo de la educación (habilitar para la adultez, poner los cimientos de la persona adulta) Su desarrollo implica un proceso (desde que el niño arme por sí mismo su mochila hasta el joven que diseña su proyecto de vida) La educación es un  proceso de niño a joven. Formar para la autonomía: es formar para la libertad. Libre: el que sabe quien es. La educación ha de propiciar que el estudiante SE CONOZCA, SE RESPETE, SE AME…en lo que verdaderamente es y quiere.

La educación debiera fomentar el sentido de la singularidad, el valor de la individualidad: ¡Que tú existas hace una diferencia! Así la educación honra el milagro del nacimiento, la llegada de lo nuevo al mundo. Celebración de la vida nueva. Todo nacimiento representa en el mundo la posibilidad de un nuevo comienzo.


c)       Recuperación de la memoria, valorización del pasado con vistas al futuro y en intimo encuentro con el presente: El hombre, heredero de la modernidad, se ha visto desarraigado de sus fundamentos más íntimos. Ha visto perdido sus raíces y ha roto sus vínculos que lo religaban con la tradición, las instituciones, los demás y con lo sagrado. Esto se ve graficado en la despreocupación de las herencias con el pasado; el hombre moderno vive un proceso continuo de olvido  de la riqueza del pasado, en un permanente descuido de lo que ha dado lugar a su ethos, de lo que ha llegado a ser. Esta ruptura con el pasado, si bien ha traído progreso y bienestar, lo ha vuelto hacia fuera, lo ha trasplantado y condenado a ser un hombre que no tiene origen y que se esconde de todo; un constante fugitivo de sí mismo.  Esto lo expresa Heidegger al afirmar la preeminencia de un pensamiento calculador. El hombre vive sometido al predominio de un cálculo “que se deja leer en esa búsqueda de usufructos y funcionalidad, de objetivación y de control, de rendimiento y de utilidad, que se verifica en casi todos los frentes de la sociedad contemporánea.”  Olvidando que el hombre vive su historia en diálogo con la realidad histórica ya existente, y que no puede hacerse sin historia, se ve continuamente afectado por ella.  Zubiri ha hecho notar la importancia del pasado: “Somos el pasado, porque somos el conjunto de posibilidades de ser que nos otorgó al pasar de la realidad a la no realidad. Por esto, estudiar el presente es estudiar el pasado, no porque éste prolongue su existencia en aquél, sino porque el presente es el conjunto de posibilidades a que se redujo el pasado al desrealizarse.”

d)      Educar en humanidad que no es lo mismo que educar en humanidades:    Educar en humanidad implica comprender que no hay educación sin otros, que son los otros los que me dan la humanidad. Nadie se hace humano sólo

e)       Educar a sujetos reflexivos: Estamos en presencia de la huida del hombre de sí mismo que lo ha hecho carente de interioridad, se verifica en la cultura de la vorágine y del  ruido, que no deja espacio al silencio, a la meditación y a la comprensión de sí mismo. La sentencia dada a Sócrates en Delfos sigue siendo un desafío del hombre moderno para consigo mismo. Una deuda que sólo puede saldar si recupera los espacios de meditación, de recogimiento y de admiración hacia sí mismo.

Lo anterior va acompañado de una creciente homogeneidad del ser humano; el hombre vive arrojado en el anonimato que lo disgrega entre la impersonalidad y la masividad.  Este carácter masivo de la persona ya ha sido planteada por varios filósofos, baste citar a J. Ortega y Gasset en su libro “La rebelión de las Masas” o el ya citado M. Heidegger, quien se ha apurado en señalar que el hombre moderno vive en el “se impersonale”. Este olvido de la identidad personal y el arrojo al consumo y el “destape” de aquellas manifestaciones que los hacen sentir libres no siéndolo.

f)        Educar con sentido: El hombre moderno es un sujeto mediatizado, donde el fin ya no es buscado en sí mismo; casi ni siquiera importa. El ritmo acelerado de la vida no permite la búsqueda de un sentido más utópico que el mero bienestar económico. La sobreabundancia de algunos deja una senda de tristeza en el corazón. Así lo expresa Juan Pablo II en su encíclica Fides et Ratio “Se ha de tener presente que uno de los elementos más importantes de nuestra condición actual es la crisis de sentido.”  “El tiempo de las certezas ha pasado irremediablemente; el hombre (moderno) debería ya aprender a vivir en una perspectiva de carencia total de sentido, caracterizada por lo provisional y fugaz” Lo  que puede ser verdad para unos para otros puede que no exista.  O lo que Victor Frankl señala en su texto el hombre en busca  de sentido. “hoy ya no vivimos en una época de frus­tración sexual, como en lo tiempos de Freud, sino en una época de frustración existencial. La psiconeurosis -piensa él - es, en última instancia, un sufrimiento del alma que no ha encontrado su senti­do. El fracaso del "para qué" de la vida, del "sentido", ha engen­drado el hastío, ese "hastío de civilización" que, en las sociedades de consumo, corroe como un ácido todos los momentos de lucidez. Se nota sobre todo en los países en que se ha resuelto el problema económico y el hombre tiene tiempo para encontrarse a solas con­sigo mismos

Muchas Gracias!



[1] En ética profesional hablamos que las profesiones están traspasadas por dos tipos de bienes: los intrínsecos, que son propios e inherentes de una profesión y mediante los cuales ésta adquiere legitimización y racionalidad y los bienes extrínsecos que se derivan de los bienes intrínsecos y que son posibilitados por éstos que son el dinero, el prestigio y el poder. Lo incorrecto, desde mi manera de ver, es que hemos invertido el grado de importancia de valores.
[2] Notemos que en nuestros sistemas educativos, no solamente el chileno sino que en varios países latinoamericanos e incluso europeos, hay un énfasis en la privatización cada vez más acentuado del curriculum escolar. Como padres enseñamos a nuestros hijos que, para triunfar en la vida, tener éxito, tendrá que elegir una profesión que resulte económicamente rentable, tal vez un ingeniero, un médico, informático. Les decimos que deben ser cuidadosos de no juntarse con aquellos que malgastan su vida. Hemos dejado de lado las artes, la música y la filosofía y hemos transformado nuestras escuelas en espacios de cultivo de conocimientos técnicos que nos sirvan en la vida. Hemos despreciado la religión porque nos invita a dar sin esperar recompensa y hemos dado espacio al deporte porque es un ejemplo lúcido del modo en cómo debemos conducirnos en la vida; competir, derrotar y ganar.
[3] Los casos de corrupción recientemente dados a conocer son la punta del iceberg de una cultura que tiene una creciente y cada vez marcada concepción de que lo público está al servicio de los bienes privados.