viernes, 6 de septiembre de 2019

LIBERTAD Y FILOSOFÍA: UN ESBOZO


Dr. Ricardo Montes Pérez

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La Libertad es uno de los ingredientes más esenciales de la existencia humana. Decimos de nuestras acciones que son libres en la medida en que son fundadas en nuestra capacidad electiva. La libertad responde al ser mismo de la persona, tal que pertenece a uno de sus rasgos definitorios.[1] Pero a reflexión de ésta ha sido amplia en la literatura filosófica y se relaciona directamente con otros tales como autonomía, buena voluntad, conciencia, indeterminismo y voluntad. Ya lo apunta Ferrater Mora que nuestro concepto es sumamente complejo y para entenderlo hay que analizar su desarrollo desde los griegos hasta nuestros días.[2]      

ETIMOLOGÍA DEL CONCEPTO LIBERTAD

Etimológicamente la palabra libertad viene del vocablo latíno libert del cual se deriva la palabra liber que hacía referencia a la persona que estaba en edad fértil y que estaba naturalmente activo.[3] El liber era aquel joven que estaba en condiciones de participar en la vida ciudadana al poseer la madurez en su vida sexual. El hombre libre será aquel que vive de manera no sometida o esclava. De allí que se use posteriormente para referirse a algo que está vacante o disponible para hacerlo por sí mismo.[4]

Los griegos usaron el término `eleuyerow. El eleuye; ow era aquel hombre que no es esclavo. El hombre libre posee, pues libertad (eleuyeria)  y también libertad de espíritu (eleuyriothw). Luego esta palabra pasó a significar libre en cualquier sentido  o en todos los sentidos. Sin embargo, y con toda razón, se tuvo que poner límite a los sentidos en que se usaba el concepto ya que no podía ser usada sin caer en tropiezos. Por lo que a nosotros también, y en virtud de nuestro estudio, deberemos acotar los sentidos principales en los que se ha usado en la literatura filosófica.

En primer lugar, hay una acepción que dice referencia a la idea de libertad como libertad “natural”. Con esta idea se entiende la posibilidad de sustraerse a un orden cósmico predeterminado e invariable que puede ser concebido de dos formas, por un lado, como modo de operar del destino, o como cierto orden de la naturaleza, en la que todos los acontecimientos están más o menos relacionados. Por lo tanto, ser libre desde esta perspectiva, significa ser libre para el destino, es decir,  como la posibilidad de realización de una necesidad superior. Por otro lado, el problema de la libertad se plantea de otro modo; “se trata de saber entonces hasta qué punto y en qué medida un individuo puede sustraerse a la estrecha imbricación interna, o supuestamente interna, de los acontecimientos naturales.”[5]

En segundo lugar, la libertad puede ser entendida desde una perspectiva social o política. En este sentido, la libertad puede ser entendida como autonomía e independencia. Esta independencia o autonomía en el plano social significa la posibilidad de regir su propio destino, sin intervención de otras sociedades o comunidades. Y los individuos que forman parte de estas sociedades son libres en la medida en que son capaces de respetar y cumplir las propias leyes de sus sociedades o estados; ser libre consistirá en estar de acuerdo con la ley.[6]

Una tercera comprensión, a modo global, de la libertad, entiende a esta desde una perspectiva personal o que puede ser llamada igualmente “Autonomía” o “independencia” de las presiones o coacciones que vienen de la comunidad o sociedad.[7] Fue esta comprensión de la libertad que pareció prevalecer en el mundo griego. Así ya en las escuelas socráticas y estoicos se hablaba de libertad como dominio de si mismo o disposición de sí mismo.[8]

En términos generales podemos afirmar con Hegel la importancia de la idea de libertad del mundo griego que ya se evidencian en los escritos homéricos cuando hablaba del “día largo de la libertad”[9] y que el prusiano describe en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia Universal:
“He aquí el reino del Occidente, del espíritu que desciende dentro de sí, del espíritu humano. Aquí está el espíritu primero: el hombre descubre en sí mismo lo independiente del albedrío, lo objetivo, y lo ratifica. El principio de la libertad autoconsciente lleva consigo la fijación de un fin que es en sí de naturaleza universal, no un apetito particular; y que ese fin sea fijado de tal modo que, siendo universal, sea a la vez fin subjetivo del individuo, que sea sabido y querido por éste y por él realizado, de tal suerte, que el individuo sepa que su propia dignidad consiste en la realización de este fin.
Entre los griegos nos sentimos de inmediato como en casa, porque estamos en el terreno del espíritu […]. Aquí es donde por vez primera el espíritu, suficientemente maduro, se recibe a sí mismo como contenido de su querer y de su saber; pero de tal modo que el Estado, la familia, el derecho y la religión son, a la vez, fines de la individualidad, la cual sólo es individualidad mediante aquellos fines […]. Vemos, pues, aparecer aquí por vez primera el espíritu juvenil, que sólo es libre, sin embargo, en cuanto que sabe hacerse libre. No es libre por naturaleza; para serlo necesita transformar la naturaleza, apropiársela y elaborarla para sus fines.”[10]
Tanto en Platón como en Aristóteles encontramos elementos ya descritos de la idea de libertad. Aristóteles entiende la libertad como aquella acción por la cual no nos vemos presionados por una necesidad ya sea de tipo apetitivo o desiderativo. Las acciones involuntarias son las producidas o por coacción o por ignorancia. La libertad humana está limitada a los medios y no a los fines, ya que el fin de toda voluntad es necesariamente la felicidad. El hombre, por tanto, no busca su fin por los mismos medios que lo hacen los demás procesos naturales que tienden a su fin. Lo propio del hombre es realizar acciones voluntarias y es por ellas que éstas están dentro de las acciones morales, pues el objetivo de toda acción voluntaria es la consecución del bien. Aristóteles considera que todo hombre está en condiciones de alcanzar el bien, ya que nadie está naturalmente corrompido.

SI bien la idea de libertad está presente en el mundo griego, como acabamos de citar, el asunto de su problematicidad se hace más evidente entre los estoicos y epicúreos. Epicuro es el primero en establecer la pregunta por la libertad del hombre. Se opone a las interpretaciones hechas por Demócrito y Leucipo que afirmaban la inexistencia de libertad en el movimiento de los átomos, es decir, los átomos se mueven por necesidad. Epicuro en cambio, establece la posibilidad de recuperar la libertad humana en el orden cósmico por él creado. Para los estoicos, el problema giraba en torno a la compatibilidad entre el orden cósmico, lógicamente estructurado, y la actividad humana en él. Concluyeron que el hombre es libre si es capaz de vivir de acuerdo a la razón cósmica.

En el estoicismo el problema de la libertad se plantea en diversos escritos, principalmente en Epícteto, Séneca y Marco Aurelio en la que se expresa una clara defensa de la libertad interior del hombre que no puede ser coaccionada desde el exterior. La libertad, por lo tanto, se da en un ámbito que es propio de nosotros y que es ajeno al otro ámbito, el exterior, que está fuera de la tutela del ser humano.

Para la filosofía cristiana de la Edad Media el problema de la libertad se ubicó en el conflicto entre libertad humana y predestinación divina. Para los pensadores cristianos la libertad humana está muy relacionada con el problema de la gracia. La libertad de elección fue un tema central la libertad de elección como la realización del bien con vistas a la beatitud o bien la beatitud mismo.[11]
“El libre albedrío está íntimamente ligado a ejercicio de la voluntad, cuando menos en el sentido de la “acción voluntaria”; en efecto, la voluntad puede inclinarse, y sin el auxilio de Dios se inclina hacia el pecado. Por eso, el problema aquí no es tanto el de lo que podría hacer el hombre, sino más bien el de cómo puede el hombre usar de su libre albedrío para ser realmente libre. No basta, en efecto, saber lo que es el bien; es menester poder efectivamente inclinarse hacia él.”[12]
El hombre, por tanto, posee una voluntad que le es propia y que se evidencia en su experiencia personal de la cual Dios se vale y respeta, y que en ningún caso, determina el actuar humano. Santo Tomás afirma algo parecido al establecer que la voluntad humana es una facultad fundamental en la existencia humana. Esta facultad está inclinada a buscar la felicidad y beatitud, es decir, la posesión de bienes terrenales y la posesión de Dios[13]. Existe una inclinación de la voluntad por buscar lo bueno cuyo concepto se encuentra en el entendimiento, ya que éste es más simple y más absoluto. Pero a diferencia del entendimiento el fin de la voluntad se encuentran en las cosas mismas, mientras que el objeto de la voluntad está en la mente. Una dice relación con la búsqueda de lo bueno (la voluntad) mientras que la segunda se relaciona más bien con lo verdadero (entendimiento). Por tanto, la actividad humana, para el aquinate, es una interrelación entre voluntad y entendimiento, ontológicamente hablando, pero, desde el aspecto práctico, la voluntad tiene prioridad práctica sobre el entendimiento.

Kant por su parte señala la existencia de una razón práctica. Ella es el fundamento del orden moral y es apriorística, es decir, ajena a todo compromiso con la experiencia.[14] Para Kant la libertad no es demostrable, pero dentro del campo de la acción y la elección se hace imprescindible, desde el punto de vista práctico. Es por ello que Kant afirma la imposibilidad de demostrar la existencia de la libertad, pero le resulta necesaria para fundamentar nuestros actos.

El problema de la libertad había presentado como una antinomia, es decir, se le plantean dos cursos de pensamiento contradictorios que se anulan recíprocamente. Para solucionar tal contradicción, Kant, afirma que la razón hay que afirmarla en un doble plano; en el de los fenómenos, donde rige la causalidad que la razón imprime en ellos al conocerlos.[15]

En el existencialismo, Heidegger advierte que el hombre es el ser emplazado entre la alternativa autenticidad-inautenticidad; la posibilidad de llegar a ser él mismo constituye la tarea y la hazaña del existente humano. Para ello se le ha dado la libertad, que se ejerce no sólo allí donde se plantea una elección del tipo aut-aut, sino incluso en el insoslayable tener-que-morir. Más aún, es justamente ahí, “en la apasionada libertad para la muerte”, entendida como la finalidad consumadora del existir, donde se pone a prueba el temple de la libertad.

Sartre, de la primera época, sostendrá que ser hombre y ser libre no son dos cosas diferentes; no es primero lo uno y luego lo otro, sino que el hombre es el ser “condenado a ser libre”. Jaspers elabora el concepto de libertad situada; es en la tensión entre el determinismo de lo previamente impuesto y la elección de lo libremente asumido donde la existencia se realiza dolorosa y creativamente, hasta desembocar en la trascendencia. Gabriel Marcel, en fin, acuña una interpretación de la libertad que está ya dentro de lo que más arriba hemos llamado el personalismo cristiano; en tal interpretación la relación interpersonal yo-tú y las ideas de disponibilidad, participación y fidelidad son los ingredientes base.

Desde la perspectiva ético antropológica, la libertad se entiende como una capacidad y una posibilidad de autodeterminarse. Ser libre no es sólo poder escoger: es escoger de hecho. Optar significa cerrarse caminos: porque escoger un camino implica renunciar a otros muchos, y al decir de Ortega, cuando afirmamos la libertad afirmamos que el hombre no es cosa sino proyecto, empresa, misión[16]. Aquí se expresa, al mismo tiempo, la grandeza y la limitación del ser humano: grandeza, porque uno es dueño de sí mismo,  a medida que va haciendo opciones que configuran su persona; limitación, porque el ser humano, si quiere hacer algo concreto, tiene que decir no a otras posibilidades. En este juego de opción y renuncia la persona se va haciendo.

La libertad humana se ubica así en el horizonte de posibilidad del ser humano, es decir, como la particularidad de su existencia que le da sentido global a su vida, lo que lo identifica y distingue de otros. Desde esta perspectiva afirmamos que la libertad se constituye en el ser humano como un don (capacidad) y una tarea (proyecto), en la medida en la que ésta no se agota en el sólo poseerla sino en obtener cada vez más mayores caudales de libertad. Desde esta perspectiva, San Agustín, clarificaba la existencia de dos libertades en el hombre; la minor y la maior, ubicando a la libertad menor como la capacidad de elección (lo que hoy denominaríamos libertad negativa), mientras que la libertad mayor la entendía como la posibilidad de realización de la existencia humana.

Aunque es preciso decir que no existe una sin la otra. Sin duda que la libertad pertenece al ámbito de las operaciones de la voluntad, es decir, forma parte de la facultad electiva.[17]  La primera se puede definir como aquella ausencia de necesidad interior para tomar o no tomar una decisión, para tomar una decisión u otra, para conducirnos a nosotros mismos hacia una dirección u otra.[18]
 La segunda dice relación, más bien, con aquella capacidad que tiene el ser humano  de disponer de sí para su realización. Esta capacidad humana de construir su propio destino.

Para Hayek la libertad es comprendida como “el estado en virtud del cual un hombre no se halla sujeto a la coacción derivada de la voluntad arbitraria de otro o de otros”[19]. Es decir, la libertad se comprende como independencia frente a la voluntad arbitraria de otros, de un tercero, sea concreto o abstracto. Es necesario en todo sistema en el que el hombre se erija como protagonista que a éste se le asegure siempre un ámbito de actividad privada, un cierto conjunto de circunstancias en las que nadie puede intervenir.[20] Esta concepción negativa de la libertad en Hayek, sin lugar a dudas que determina, pero a la vez restringe su filosofía, es su fortaleza pero es su misma debilidad. Entender la libertad como ausencia de coacción implica suponer que la libertad humana sólo tiene un campo; aquel en el que hay ausencia de otro que reprima. Mientras exista alguien que obligue, que imponga normas no seré libre y si no lo hay lo seré, parece ser la premisa liberal de hayek. La libertad así entendida, implica negarse a reconocer ciertas dimensiones de la libertad humana misma como posibilidad y capacidad  humana de realizarse y de auto realizarse. Capacidad de desenvolvimiento incluso en circunstancias en las que sea imposible la actualidad de la libertad, es decir, la libertad implica posibilidad de realización pero también realización misma.[21] Al reducir esta libertad sólo a la posibilidad de la acción libre como libertad para queda reducida toda visión antropológica y con ello, una interpretación inadecuada de la moralidad de los actos humanos en las que el valor absoluto será el individuo[22], dueño y creador de sus valores y sin reglas que interfieran en el desenvolvimiento de sus pasiones y deseos. Para Hayek una sociedad auténticamente libre es abierta, “en el sentido que Popper usa el término y en ese sentido no tiene un futuro que esté escrito de antemano, porque va a depender de lo que la gente haga con su vida y con sus actos”.[23]



[1] MARIAS, Julián; La perspectiva Cristiana, Editorial Alianza, Madrid, 1999, pág. 126.
[2] FERRATER MORA, José; Diccionario de la Filosofía, voz Libertad.
[3] Ibid. "leber, era, arum"; calidad apetecida, deseada, anhelada; el que no ha nacido esclavo (lib = requerir, pedir, demandar, anhelar); libero, libre.
“Del latín “libertatem”, acusativo para “libertas” y ésta del adjetivo “liber” (fem. “libera” neut. “liberum”, cuya forma arcaica era “loebesum”).
Una etimología es que provenga de la raiz indoeuropea *(e)leudh- como en griego  ἐλεύθερος (”eléutheros”, “libre”), emparentada con el germánico *leudi que deriva al alemán moderno en “Leute” (”gente” refiriéndose probablemente a la gente libre en contrapartida a “Volk” que originariamente era la gente guerrera) También se encuentran palabras derivadas en: inglés antiguo “leod”, visigodo “leudes”, y también en lenguas bálticas como en lituano “liáudis”, y letón “làudis”. Sin embargo no queda claro por qué la “dh” de la raíz se transforma en latín en una “b”.
La otra etimología alternativa es que esté emparentada con la palabra griega λίπτω (”lípto”, “desear”) de raíz λιφ- “liph-, o como en sánscrito “lub-dhas” (”deseoso”) de raíz indoeuropea *leubh- (”desear”). De este modo estaría relacionada con las palabras latinas “libet” (”place, apetece”, usado impersonalmente) y “libido” (”deseo, ganas”) y con la raiz germánica “*leuba” de donde proviene aquella en alemán moderno “lieb” (”querido/a”) y “Liebe” (”amor”) o en inglés moderno “love” (”amar / amor”). Sin embargo con el significado de “libre” solo se encuentra en latín y tal vez provenga de la idea de que alguien es libre, cuando tiene la libertad de desearse (y consecuentemente conseguir) cosas para sí mismo.
En demás lenguas se encuentran: fr. “liberté”, “libre”, it. “libertà”, “libero” o en inglés “liberty”. Tomado de http://etimologia.wordpress.com/2006/11/30/libertad/
[4] Ibid.
[5] FERRATER MORA, José; Diccionario de la Filosofía, voz Libertad.
[6] Ibid.
[7] Ibid.
[8] “De este modo, el hombre libre acaba por ser el que se atiene solamente, como decían los estoicos, “ a las cosas que están en nosotros”, a lo que, según indicaba Séneca ”está en nuestra mano”. Por eso decía Epícteto (Diat. II,I, 22, 105) y Marco Aurelio (XI, 36) que nadie puede arrebatarnos nuestra libre elección . Libertad es aquí libertad para ser sí mismo. Y para los filósofos que, como los neoplatónicos, equiparaban el ser mismo con el poder consagrarse a la “contemplación”. La libertad consiste fundamentalmente  en “contemplar”, y rehusar la acción- o lo que equivale a lo mismo, actuar como si no se actuara, quitándole importancia a la acción. En muchos casos, además, se concibió la libertad como la conciencia de la necesidad: cuando se es un ser racional se llega a la comprensión del Destino y esta comprensión es esencialmente  “liberadora”. Por eso el sabio es aquel que comprende y acepta, el orden cósmico, o bien el destino, los cuales entonces no son una “coacción”, por lo menos en el sentido personal.”FERRATER MORA; José; Ibid. Voz Libertad.
[9]“¡ Oh hijos de los helenos, arriba,
libertad a la patria, libertad a los hijos,
a las mujeres, las moradas de los dioses ancestrales,
las tumbas de los progenitores. ¡Es la hora del combate!” RIVERA, Jorge Eduardo; Grecia fundante: el ámbito de la libertad, en Centro de Estudios públicos, Nº 59, Santiago de Chile, 1995.
[10] HEGEL, G.Lecciones sobre filosofía de la historia Universal, 4º Edición. Citado por RIVERA, J.; Op. Cit.
[11] FERRATER MORA, Ibid.
[12] Ibid.
[13] “Para ser voluntario un acto, ha de proceder de un principio intrínseco con algún conocimiento del fin”  AQUINO, SANTO TOMÁS; Summa Theologica I- II,  q 6, art. 2 resp.
[14] VIAL LARRAÍN, Juan de Dios; Filosofía Moral, Ediciones Universidad católica de Chile, Santiago de Chile, 1998, pág. 66.
[15] VIAL LARRAÍN, Juan de Dios; Op. Cit. Pág. 67.
[16]MARIAS, Julián; La perspectiva Cristiana, Editorial Alianza, Madrid, 1999, Pág. 127.
[17] MILLAN PUELLES, Antonio; Fundamentos de Filosofía, 10ª Edición, Ediciones Rialp S.A. Madrid, 1978, pág. 378.
[18] Se trata de la libertad interior del querer, de la posibilidad de proponernos fines y elegir el modo de realizarlos, sin que esas realizaciones resulten necesarias en virtud de alguna fuerza que resida y actúe desde el interior del sujeto.
[19] VON HAYEK, Friedrich; La Constitución de la libertad, Alianza Editorial, 1975, pág. 32.
[20] Ibíd. Pág. 35.
[21] En este aspecto es mucho más elaborado y matizada la exposición acerca de la libertad que hará John Rawls y que tendremos la oportunidad de analizar.
[22] “No hay otra forma para llegar a una comprensión de los fenómenos sociales sino es a través de nuestro entendimiento de las acciones individuales dirigidas hacia otras personas y guiadas por un comportamiento adecuado” HAYEK; El individualismo, el verdadero y el falso; Revista de Estudios Públicos, número 22, otoño de 1986.
[23] FONTAINE Talavera, Arturo; Introducción al Pensamiento de Friedrich A. Hayek, Op. Cit. Pág. 17.

INTRODUCCIÓN AL CONCEPTO DE SOLIDARIDAD (parte 1)


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La  “Solidaridad”, palabra muy manida, que en la historia de las ideas de occidente es reciente y representa un complejo nudo de relaciones que intentan responder a cierta condición humana. Todos pretenden encontrar en ella apelaciones a una “esencia” humana que va más allá del sujeto y que se abre a los otros, ya sea de manera circunstancial como permanente; Proyectos emblemáticos, obras de caridad pequeñas y majestuosas, colaboración ante alguna dificultad humana, empatía ante el dolor y la frustración, muestras de afectos  y muchas otras acciones y actitudes son tildadas con el genitivo de “solidaria”. Hay algunos que la ubican como sinónimo de voluntariado y cooperativismo, e incluso hay otros que la niegan como elemento perturbador de las exigencias de justicia social que deben existir entre los seres humanos o de las instituciones para con las personas. Pero por sobre todo, la solidaridad se presenta como una nueva forma de referirse a la condición humana, para resaltar su carácter social ineludible.

A-   ETIMOLOGIA

            La Solidaridad como concepto es relativamente nuevo que tiene su carta de presentación en el mundo francés, hacia el siglo XVII[1]. Cuando Pierre Leroux emplea el término para hacer referencia a una nueva forma de hablar de la caridad cristiana en una sociedad laica. Pero definitivamente quienes la introducen como un concepto fuerte en el ámbito de las ciencias sociales son el teólogo L. Bourgeois y el sociólogo Emile Durkeim. El primero para referirse al solidarismo como alternativa al liberalismo y al colectivismo en las ciencias sociales y el segundo para referirse a la cooperación entre las diferentes clases sociales.[2]

Etimológicamente Solidaridad tiene su raíz en el latín y está emparentada con las palabras solidus,  y el sustantivo soliditas, que expresa la realidad homogénea de algo físicamente entero, unido, compacto, sólido, cuyas partes integrantes son de igual naturaleza. Aunque en el latín no existe ninguna palabra que suene a solidarietas, en él son más frecuentes las expresiones comiunctio, communio. En resumidas cuentas la palabra solidaridad puede significar dos realidades significantes: el hecho de construir algo de manera sólida, compacta y la que dice relación con el mundo jurídico que expresa las obligaciones in solidum, es decir, mancomunadamente. La primera de estas significaciones será la que utilizarán las ciencias sociales para referirse a las relaciones en las clases sociales y la segunda que formará parte del corpus jurídico que expresará la idea de compartir el destino entre personas que tienen entre si una relación contractual.

También es posible afirmar que la palabra solidaridad puede derivar del nombre que se le daba a la moneda de oro 25 denarios llamada solidus, la que por su importancia estaba bien considerada en el mundo latino. Del nombre de esta moneda que era atendida como  “Fuerte”, “estable” y “solvente”, derivan nuestras expresiones de Sueldo y de soldada.

Luego esta palabra se irá cargando de significaciones diversas desde el ámbito del derecho y de la construcción, pasando por las ciencias sociológicas hasta llegar a hacer referencia a un valor y a una actitud moral muy apreciada por la sociedad. Sin lugar a dudas que es en el ámbito del derecho en donde adquiere mayor importancia y es la vertiente desde la cual el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española hace derivar su noción.

En el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española[3] la palabra Solidaridad recoge la raíz etimológica latina de doble significación que citáramos anteriormente y que afirma tiene dos acepciones:
a)      Modo de derecho u obligación in solidum.
b)      Adhesión circunstancial a la causa o la empresa de otros.
El diccionario de la lengua de la editorial Anaya es algo agrega un elemento moral y sociológico  a  la definición y afirma de la solidaridad como una “Circunstancia de ser solidario con un compromiso, una obligación”, relación entre personas que participan con el mismo interés en cierta cosa, particularmente que se sienten unidas a la comunidad humana”. Y  cuando se refiere al adjetivo afirma su procedencia del latín solidus, “ligado a otros por comunidad de intereses y obligaciones (significación jurídica) que se une a una causa”. Y agrega una relación etimológica con la palabra “sueldo”.[4]

Al revisar algunos diccionarios jurídicos nos encontramos que la palabra Solidaridad viene definida como:
  1.  “La actuación o responsabilidad total en cada uno de los titulares de un derecho o de las obligaciones por razón de un acto o contrato.”
  2. “Vínculo unitario entre varios acreedores que permite a cada uno reclamar la deuda u obligación por entero, sean los deudores uno  o más”.
  3. “Nexo obligatorio común que fuerza a cada uno de dos o más deudores a cumplir o pagar por la totalidad cuanto les sea exigido por el acreedor o los acreedores con derecho a ello”.
  4. “Identificación personal con una causa o con alguien, ya por compartir sus aspiraciones, ya por lamentar como propia la adversidad ajena o colectiva”.
  5. “Cooperación, ayuda, auxilio.”
Además se establecen dos modalidades de solidaridad; la solidaridad activa que corresponde a cada uno de los acreedores solidarios y la pasiva que caracteriza al deudor solidario.

B.        DEFINICIÓN JURÍDICA

Desde el punto de vista jurídico, podemos determinar que la palabra in solidum se refiere a las responsabilidades contraídas por cada uno de los sujetos  coimplicados en un contrato[5]. Para el Derecho Romano una obligación es solidaria cuando hay indivisibilidad en el uso de un bien junto con la pluralidad de sujetos. Por ejemplo, cuando se hace uso del término “deudores solidarios”, cada uno de ellos se obliga a pagar la totalidad de la deuda, en caso de que alguno no lo haga. “Aunque esta raíz jurídica sitúa el concepto en el derecho privado, a partir de los siglos XVIII y XIX se extiende al derecho público apara explicar el origen de las obligaciones sociales y justificar la organización de las instituciones.” Define  la obligación por entero, por el todo o total. Suele usarse para expresar la facultad u obligación común a dos o más personas y que atañe a cada una de ellas por entero.

Existe una obligación in solidum, cuando cada deudor puede ser llamado a responder por el total de una deuda contraída por varios sujetos. Los varios deudores están obligados a responder por la totalidad de una misma prestación debido a la naturaleza misma o de la voluntad de las partes. En la concepción jurídica se supone que del concurso de varios sujetos a una misma acción corresponde una parcialidad de obligaciones. Cada sujeto está obligado a responder por su parte en la intervención. Sólo cuando se declara la solidaridad queda derogada la parcialidad de la obligación.[6]

C.     SOCIOLOGÍA Y SOLIDARIDAD

Es el mundo de la sociología donde, a partir de Emile Durkheim, se comenzó a teorizar sobre ella. Durkheim, recibiendo las influencias de August Comte elaboró que se ha denominado un solidarismo sociológico correlativo a la propuesta de solidarismo político de L. Bourguois. En sus estudios sociológicos definía la Solidaridad como la cohesión de los grupos solidarios y la forma de relacionarse los individuos de un grupo entre sí. Afirmaba Durkheim que el grupo es solidario con sus miembros y los miembros con el grupo.

Estableció, además, dos modalidades de solidaridad: a) la solidaridad mecánica, que era propia de los grupos cerrados y de las sociedades primitivas, en las que no existe la división del trabajo y sus miembros están supeditados a los intereses del grupo. Estos grupos viven un fuerte hermetismo y cohesión interna y de ella se establecieron las bases de las sociedades corporativistas, “lo que propicia el principio político de carácter organicista que está en el fondo de todos los fascismos.”[7] b) La solidaridad orgánica, es la que pertenece a las sociedades más avanzadas en que funcionan grupos más abiertos; en estas sociedades abiertas hay división del trabajo y donde el individuo no se define por el lugar que ocupa o su función dentro de ella, sino por el sistema de relaciones que constituyen el tejido social más amplio. De esta idea podemos deducir la comprensión de la solidaridad como un vínculo entre todos los seres humanos, iguales entre sí.

Según Jean Duvignaud existe una numerosa cantidad de modos en los que se expresa la solidaridad sociológica, a saber:
  1. Solidaridades tradicionales: Son casi involuntarias y necesarias, se dieron en las sociedades tradicionales, pero tienen cierta continuidad en la nuestra.
  2. Solidaridades de vínculo de Sangre: son aquellas que brotan de las relaciones familiares, ya sea biológica y/o cultural.
  3. Solidaridades urbanas: Son aquellas derivadas de los grados de cohesión o de pertenencia a una ciudad, por ejemplo, el sentido de identidad que se originaba en los griegos frente a la polis.
  4. Solidaridades del saber, de la magia, de la técnica que dan origen a las escuelas, los gremios, universidades, colegios, especialmente en la época medieval donde fue su  apogeo.
  5. Solidaridades en el mundo del trabajo, es aquella relación que se da entre los miembros de una empresa, obreros entre sí o empresarios.
  6. Solidaridades ideológicas, vinculadas a movimientos sociales, sucedáneos de la religión, o las sociedades filantrópicas.
  7. Sociedades errantes, naturales, sociales, políticas e intelectuales. Encontramos además, las solidaridades del juego y de las fiestas.
La Solidaridad sociológica es propia de todas las sociedades en todas las épocas. A cada época corresponde un tipo específico de solidaridad que es expresión de las situaciones históricas que viven las respectivas sociedades. Al cambiar la situación de esos grupos cambiará, por ende, su forma de solidaridad. Desde esta perspectiva, entonces, no estamos nunca ante una crisis de solidaridad o una pérdida de la misma, sino que una pérdida de antiguas solidaridades y el paso a nuevas solidaridades.[8]

La solidaridad en clave sociológica, puede llevar a ciertas deformaciones y ambigüedades de la misma que, sobrevaloran las relaciones entre los integrantes del grupo social y el grado de cohesión de los mismos[9]. En este sentido estaríamos hablando de una solidaridad cerrada que ve a los integrantes del grupo como hermanos, correligionarios o socios y que expresan una forma de fraternidad excluyente. Este tipo de solidaridad se apoya, generalmente, en la pertenencia grupal y se expresa en la cooperación de los mismos integrantes entre sí. Este tipo de solidaridad cerrada es lo que deriva consecuentemente en una forma de corporativismo que “tiene la doble cara de ser muy solidario hacia dentro del grupo y poco solidario, por no decir, insolidario, hacia el resto de la sociedad.”[10]

D.    TEOLOGÍA Y SOLIDARIDAD

En el ámbito de la teología tenemos dos corrientes que rescatan una visión más estructural dinámica de la solidaridad. La Teología de la Liberación la ubica en una dinámica explotados-explotador. Así surge la solidaridad como un movimiento de liberación de aquellos que han sido recurrentemente postergados; aquellos desheredados de la historia. Como lo afirma Gutiérrez La pobreza significa, en última instancia muerte.[11] Un movimiento ascendente que busca establecer una mirada distinta de y para los más postergados.

Para ella, la  ética tiene un carácter eminentemente intersubjetivo, pues, incluye al otro, implica una responsabilidad por el otro y con el otro. Significa otorgarle validez a un mundo lleno de sentido, de memoria, de cultura y de resistencia. Significa otorgarle contenido a las necesidades del otro y entenderlo como un interlocutor válido en la vivencia de la praxis histórica.[12] Como bien lo afirmaba Dom Helder Cámara “El sueño de uno es apenas un sueño, el sueño de muchos es una realidad.”

J. B. Metz y su propuesta de Teología Política establece que el discurso sobre Dios debe pasar necesariamente por lo que él denomina la “memoria pasionis”, es decir, por la cuestión del sufrimiento. Esta memoria de la pasión no es otra cosa que la memoria del sufrimiento de los otros en el que el discurso sobre Dios se interrumpe al preguntar por el sufrimiento en la creación buena de Dios. En Jesús, la sensibilidad al sufrimiento de los demás era la expresión más fuerte de aquel amor que la parábola del «Buen Samaritano» (Lc 10,25-37) ha inculcado para siempre a nuestra memoria cultural. Nos convertimos en prójimo al acercarnos al que sufre. En este modo de la compasión se unen el amor al prójimo y el amor a Dios (cf. Mt 22,37-40), y el discurso sobre Dios se hace sensible al sufrimiento. Cuando la compasión, en cuanto sensibilidad al sufrimiento, conduce a la actuación, se convierte en solidaridad.

Finalmente, hay que subrayar con Johann Baptist Metz que la solidaridad no se extiende solamente a los contemporáneos. Vale también «hacia atrás», es decir, es solidaridad de memoria con los muertos; y vale «hacia adelante», es decir, es solidaridad de responsabilidad por las generaciones futuras. Esta solidaridad anamnética o compasiva posee un carácter escatológico que busca establecer mediaciones con la realidad histórica. No basta una solidaridad simétrica que intente explicar el pasado  como una historia de frustración y lanzarse a la construcción del futuro,  sino que- a su juicio-  debe  establecerse una solidaridad asimétrica en la que los sujetos que carecen del reconocimiento de su dignidad y luchan por ella deben enfrentarse a otros que no reconociéndolas se comportan como dominadores. La tarea es una solidaridad en la que exista la necesidad del mutuo reconocimiento.


jueves, 5 de septiembre de 2019

MEDELLÍN COMO MEMORIA HISTÓRICA DEL SEGUIMIENTO DE JESÚS EN SU PUEBLO





Dr. ricardo Montes Pérez

Esta semana hemos recogido reflexiones de carácter objetivo y subjetivo acerca del Acontecimiento que significó para la Iglesia latinoamericana y Mundial y para los cristianos en particular, la realización de la II° Conferencia de Medellín, Nuestro Arzobispo, don Ignacio nos señalaba, la validez de este acto; Hacer memoria, traer al presente, hacer presente el legado que se abrió en ese acontecer histórico. Por lo mismo, creo que mi exposición será un esfuerzo por recoger, en una apresurada síntesis, lo que visualicé como los pilares o hilos conductores de esta reflexión. La lectura que propongo de éstos la dividiré en:

1.         Algunas consideraciones de “Medellín como Acontecimiento histórico”
2.         Medellín como consecuencia histórica del Seguimiento de Jesucristo
3.         El Nacimiento de un nuevo modo que la Iglesia Latinoamericana tiene de entenderse a sí misma; la Teología de la Liberación
4.         Pensar Medellín es agradecer lo que somos.

1.         Algunas consideraciones de “Medellín como Acontecimiento histórico”

             Mucho se ha dicho aquí sobre la importancia histórica de Medellín, y si volvemos a Medellín, por otro lado, es porque hay algo en ello que nos obliga a su vuelta. Por lo mismo, y como introducción, me parece que es preciso explicitar lo que, de manera diversa y en su conjunto, hemos denominado; “Medellín un Acontecimiento histórico”  Siguiendo a Gadamer,  el pasado no existe primero en el recuerdo sino en el olvido. El pasado es, un aspecto central porque nos permite darnos cuenta de que la historia está compuesta por “rupturas”, que no hay continuidad en la historia si se la entiende como un fluir incesante del tiempo.[1] La “Conciencia Histórica” entonces hace referencia a la posesión de una comprensión histórica, tener conciencia de los hechos a partir de la distancia que nos tomamos de ellos. Es un intento por reconstruir el mundo del objeto histórico para obtener su significación y tratar de identificar su origen y su génesis. Por medio de la conciencia histórica, no podemos regresar al tiempo original por nuestras propias limitaciones como especie humana, pero si nos permite comprender esos momentos de nuestra posición y de los condicionamientos propios del proceder hermenéutico y de los prejuicios.[2]

            Gadamer, como a todo estudioso de la historia, lo que le interesa es el modo de estar en la historia, de cómo conocer y expresar un hecho histórico, es por ello que  se centra en el concepto de historicidad más que historiografía, ya que este concepto está en directa relación con el concepto de instante en la medida en que “no designa un punto temporal históricamente significativo, decisivo, sino el momento en el que se vive la historicidad de la existencia humana.” La historia se da en el tiempo pero no pertenece al tiempo. Mi vida, la vivo en el transcurrir del tiempo en mi, pero contar el tiempo no es otra cosa que contar mi historia, para decirlo de alguna forma contar el tiempo es contar mi historia de manera consciente, relatar aquellos acontecimientos que me afectaron, que marcaron un momento importante de mi vida, pues el tiempo cuando adquiere significado y sentido, cuando se hace consciente, se convierte en historia. El niño tiene vida pero no historia, no hay conciencia de su propia vida, por eso la historia o historicidad es la conciencia de un pueblo, o de toda la humanidad.

Es por ello que  el pasado condiciona nuestra conciencia, ya que permite que ésta se efectúe y que seamos capaces de actualizar el pasado en la medida en la que éste nos afecta y en tal medida el pasado, en cuanto reconstrucción, es posible modificarlo (deconstruirlo), hacer de nuevo la historia en cuanto afección. Por lo mismo es posible encontrarnos con dos historias; la de los hechos acaecidos en el pasado temporal, que no puede ser realizado nuevamente, y la historia en cuanto que, nos afecta y ésta sí puede ser reconstruida. Es aquí donde entra en juego el papel de los prejuicios, que en nuestro autor, no tiene el carácter otorgado por la ilustración que los sentenció como juicios falsos a priori. Los prejuicios tienen un carácter positivo, en la medida en que ellos nos permiten tener una apertura a la tradición Por lo tanto, la conciencia histórica ha de contar con ellos y otorgarle un valor objetivo.  Cabe destacar, entonces, que la naturaleza humana está condicionada por ciertos prejuicios que, nos permiten hacer una mejor lectura hermenéutica de la  historia. Pertenecemos a una comunidad de personas que entienden para que nosotros empecemos a entender. La conciencia histórica se apoya de la tradición de la cual forma parte y se lleva  a cabo a partir de ella.  Por la tanto, la tradición ha de ser considerada, en la distancia hermenéutica, como algo familiar pero también algo extraño. La distancia hermenéutica nos permite tomar distancia interpretativa y temporal de los hechos y así nos permite entender el real significado de la situación y ella se ubica al centro de las cosas y hace valorar el fenómeno desde la distancia temporal y su significado para la comprensión, así en ella podemos encontrar algo muy nuestro, pues lo somos nosotros mismos,  y algo que es ajeno a nosotros. Esta lectura hermenéutica permite que “la conciencia histórica esté impregnada de alteridad y extrañamiento de mundo históricos ajenos, y aspira a mantener separados sus propios conceptos y los conceptos de esas épocas y mundos ajenos...”[3]

La distancia temporal significa una continuidad viva que la tradición requiere para ser ella misma[4], la Historia es historia en la medida en que está traspasada por elementos vivos, no es la historiografía de las historiadores, esta es letra muerta[5], la historia es la historia de la tradición que se muestra en nosotros y que, somos nosotros mismos, porque nos la llevamos en nosotros[6]. La historia no es el frío cálculo de los hechos objetivables que pretenden sacralizarse como hechos científicos, sino que en la historia deben existir elementos de prejuicio, que le otorguen sentido a nuestra manera de comprender la historia.

La Historia es un intento por descubrir y reconstruir la historia que hay en nosotros, los prejuicios que condicionan nuestra vida. Para poder descubrir lo que nosotros somos es preciso recurrir a la historia y develar la carga de tradición que hay en nosotros y en ellos se encuentra el sentido de nuestra existencia solo en nuestro pasado, en él se encuentra nuestra identidad. A su vez, el pensamiento de lo que fuimos está acompañado por la proyección de lo que queremos ser.

La identidad de un pueblo es el factor de continuidad histórica al prestarle sentido. Para ello tiene que existir coherencia entre nuestras proyecciones actuales y el pasado que fuimos. El proyecto de un horizonte, nos dice Gadamer, es “una fase o momento en la realización de la comprensión, y no se consolida en la autoenajenación de una conciencia pasada, sino que se recupera en el propio horizonte comprensivo del presente.”[7] Así la tradición adquiere el rostro que nuestro proyecto dibuja. Así el pasado se configura como la búsqueda de autenticidad y ve en él un anuncio de los sueños e ideales que deseamos. Porque la historia de cada pueblo nunca la encontramos, la forjamos, no está dada sino que la reconstruimos. Por ello, que hemos de entender el proceso histórico como un juego de diferenciación e identificación, de acogida y de separación, de negación y afirmación. No es sólo la afirmación porque ello significaría perdernos en la tradición y negación porque ello también significaría aislarnos de ella. En este punto el lenguaje juega un papel muy importante, pues nos permite recoger lo más preciado y de contenido que existe en otras culturas y conocer las cosmovisiones ajenas nos permite percibir la riqueza y la pobreza de nuestras propias cosmovisiones. En esto juega un papel muy importante la filosofía, pues ella, nos permite recoger la más original y propio de la cultura y ser puente de conciencia crítica sobre nuestra propia realidad.[8]

La distancia histórica de un texto no es pues obstáculo, sino una ventaja. No se trata de desplazarse mentalmente a otra época, sino que por medio de la tradición se vinculan texto e intérprete, en lo que el texto aparece, pues, como extraño y familiar. Extraño, porque es un texto lejano en el tiempo, familiar, en cuanto pertenece a la tradición.

2.         Medellín como consecuencia histórica del Seguimiento de Jesucristo

La segunda mitad del siglo XX estuvo marcada por profundos cambios en todas las esferas del quehacer humano. Ello dio pie a que se generara una diversidad de transformaciones en el mundo entero y América latina, no estuvo exenta de ello. Es por ello que es necesario atender a los principales cambios que sufrió nuestro continente en las tres décadas de la segunda mitad del siglo anterior un paso ineludible si deseamos ubicar el impacto y el lugar que tuvo el acontecimiento de la II Conferencia de Medellín en nuestra América Latina y los elementos que nos señala son irrenunciables en el seguimiento histórico de Jesucristo.

1. Cambios Económicos: Al final de la segunda guerra mundial asistimos a lo que se ha llamado “la fase expansiva del capitalismo mundial,” que produce en los países más pobres una fuerte esperanza en que ahora sí ellos podrán acceder al desarrollo, esto unido a los procesos de autonomía e independencia de muchos países del tercer mundo, especialmente de Africa y Asia. Es así que a partir de la década del ‘50 en adelante, América Latina estuvo marcada por la  generación de  modelos de desarrollo, que se  caracterizaron principalmente por ser “proyectos socioeconómicos que tenían por finalidad la integración y el crecimiento económico del continente”. El gran impulso desarrollista alimentado en la década de los sesenta,  fue muy fecundo en teorías y proyectos socioeconómicos, que pretendían integrar a toda la sociedad. Debido a su fracaso histórico por múltiples causas, entre ellas la crisis del petróleo, la deuda externa, etc., a finales de los setenta y principios de los ochenta, en algunos países de nuestro continente latinoamericano, hicieron su entrada los modelos de ajuste y estabilización económica que fueron las consecuencias del grave escenario político social con países endeudados, con graves situaciones inflacionarias: [9]Por otro lado, en el campo social las grandes transformaciones estructurales que trajeron consigo un aumento en el desempleo y subempleo.[10] Esta desvalorización del empleo produjo altísimas tasas de desempleados en todo el continente, debido a la entrada en juego de la política neoliberal y al modelo de democracia como equilibrio que intentó articular un tipo de sociedad con altas tasas de indiferentismo político y con niveles excesivos de pobreza que lleva incluso a ser tenida como,  “el más devastador y humillante flagelo a la que se ven sometidos los seres humanos”.[11]

2. Cambios Políticos: También en este período, década del setenta y ochenta, se produjeron los desmoronamientos de los grandes proyectos revolucionarios de sociedad. Estos modelos de sociedad eran proyectos que iban unidos a cambios sociales revolucionarios, que, en algunos casos, como es el caso Chileno,  dieron paso a los regímenes autoritarios y sus devastadoras consecuencias; terrorismo de Estado,  políticas macroeconómicas de gran resultado pero muy deficientes en lo microeconómico. [12]Esto se puede apreciar en las sucesivas revoluciones que sacuden al continente, todas ellas caracterizadas por el afán de construir una sociedad más digna para poder vivir. Comenzando por Fidel castro en Cuba, en enero de1959, que asume al poder expulsando de la isla caribeña al dictador Fulgencio Batista y  a los norteamericanos que hacían de ella un mero lugar de diversión, hasta la revolución nicaragüense, en julio de 1979,  fecha en que el sandinismo asume el poder.

La década del 60 – 70 estuvo marcada por el avance de regímenes autoritarios que dejaron una marca imborrable en todos los países que la sufrieron. Desde Brasil en 1964, Argentina en 1966 y 1976, Uruguay y Chile en 1973. El continente se vio amenazado por una nueva ideología; la Ideología de Seguridad Nacional[13], que pretendía crear la cohesión y la mantención del poder, por medio del combate enérgico al “enemigo invisible” que habitaba dentro de las fronteras de la nación.  Instauraron  un nuevo tipo de relación entre fuerzas armadas y sociedad civil; “de la vida cotidiana, la redefinición de la política y la reconstrucción de sujetos sociales, las transformaciones estructurales.”[14] Basta recordar en el caso Chileno, que fue el régimen de Pinochet quien introdujo la política económica  neoliberal en su versión más ortodoxa, que aún predomina en el país.

            Las características  de estos regímenes militares en América Latina tuvieron los siguientes elementos:[15]
a)                  Su carácter represivo y violento: Eran las formas de relacionarse con la sociedad civil, es decir, su característica central era la de ser “autoritario”. Por ejemplo, en Chile, el régimen militar sostuvo una política sistemática de persecución, muerte y violación a los derechos fundamentales de sus opositores.
b)                 Su carácter capitalista, es decir, el esfuerzo de estos regímenes por consolidar una estructura capitalista o “capitalismo desde arriba”.
c)                  Su carácter contrario a la organización sindical o gremial.
d)                 El carácter militar de los regímenes, aunque ellos tuvieron la participación activa de civiles.[16]

            La matriz ideológica de transformación radical de la sociedad del período anterior, que en Chile, por ejemplo, llevó a Salvador Allende al poder el 4 de septiembre de 1970, con un claro esquema ideológico marxista,  dio paso a una matriz ideológica de combinación entre la doctrina de seguridad nacional y neoliberalismo, que tenían un fuerte acento de fundación de un nuevo orden social.

3. Cambios Sociales:         Según la CEPAL[17] en la década del 70 los países que contaban con algunos grados de concentración del ingreso, tales como, Argentina, Chile o Perú, sufren considerables aumentos en la desigualdad, así como aquellos cuyo crecimiento bordeaba el 2% o 3%, al comienzo de la década sufren un deterioro  en la distribución del ingreso. Sin embargo, los países de crecimiento elevado, tales como, Colombia, México o Venezuela (superiores al 3% anual) disminuyeron sus altos grados de concentración. Esos cambios en la distribución del ingreso inciden, como es lógico, en la variación de los índices de pobreza en estos países. Por ejemplo, Chile, Argentina y Perú, que se vieron sacudidas por graves perturbaciones económicas y alteraciones institucionales, tuvieron un crecimiento en los índices de pobreza desastrosos. En Chile, se produjo un aumento excesivo en la pobreza urbana y en la rural. En Perú, se apreció un aumento en la pobreza urbana y en Argentina, se produjo un aumento de la pobreza a nivel nacional. En los países de crecimiento moderado, la pobreza tendió a mantenerse y en algunos casos, como Uruguay, se incrementó. Pero la pobreza rural disminuyó considerablemente. Mientras que en los países de alto crecimiento se produjo una reducción en la pobreza absoluta, tanto en las áreas urbanas como rurales. En cambio, Brasil experimentó una disminución en los índices de pobreza, pero no así en la distribución de los ingresos.[18]

Especial mención nos merecen dos sectores que sufren las consecuencias de la pobreza y la marginación como consecuencia de los cambios vertiginosos ocurridos en el continente en el período que estudiamos. Por un lado, la situación del campesinado en América Latina sufrió mucho con la nueva política de industrialización que se ejecutó en el continente. Basta saber que a comienzos de siglo la mayoría de la población Latinoamericana era del sector rural, a mediados de siglo el continente era todavía, en gran medida, agrario. Esto se expresaba no solo en la cantidad de población rural sino también en las formas de expresión cultural y en la organización social e intelectual de las naciones de la región que tenían su raíz en el campo.[19] Esta estructura agraria y de tenencia de la tierra parecía ser eterna e inamovible. “De ella había surgido la clase política dominante durante el siglo XIX aquella oligarquía terrateniente que generaba generales, caudillos, presidentes, diplomáticos y prelados y que fincaba su legitimación en la acumulación de bienes terrenales (léase tierras) y en la explotación de la mano de obra campesina.”[20]

4. La Conferencia de Medellín; La toma de conciencia de las  exigencias sociales del Evangelio

El aggiornamiento que significó el Concilio para la Iglesia universal es lo que significó Medellín para la Iglesia latinoamericana.[21] Bajo el impulso de santos hombres, como nuestro querido Manuel Larraín, Obispo de Talca (Chile) y presidente del CELAM, fallecido dos años antes de la conferencia (+1966)  y A. Brandao Vilela, Arzobispo de Teresina (Brasil), quien luego de varias dificultades llevó a efecto la conferencia, Medellín se constituye en el primer hito de una Iglesia madura y capaz de responder a las exigencias de un nuevo mundo en gestación.

La conferencia de Medellín significó para la Iglesia Latinoamericana una toma de conciencia de la  realidad inmerecida de pobreza y de la injusticia social que vivía el continente, lo que audazmente llamó  “La violencia institucionalizada.” [22]Y por primera vez se describe la situación de subdesarrollo como una situación de injusticia que es una clara conspiración contra la paz.[23] Ya que no hay verdadera paz sin justicia. Y va más allá cuando afirma;

“La paz en América Latina no es, por lo tanto, la simple ausencia de violencia y derramamiento de sangre. La opresión ejercida por los grupos de poder puede dar la impresión de mantener la paz y el orden, pero en realidad no es sino “el germen continuo e inevitable de rebeliones y guerras.” [24]

            Por sobre todo hay una denuncia de la miseria inmerecida en la que se encuentran muchas personas y que, para nuestros obispos,  se transforma en una súplica que clama al cielo[25] y que genera, como consecuencia, una frustración universal al no cumplirse las expectativas de los más pobres y de todos los hombres. Y esta realidad de pobreza es descrita como una realidad de pecado.

“El Episcopado latinoamericano no puede quedar indiferente ante las tremendas injusticias sociales existentes en América latina, que mantienen a la mayoría de nuestros pueblos en una dolorosa pobreza cercana en muchísimos casos a la inhumana miseria. Un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega.”[26]

 Medellín se presenta como la forma de concretizar las conclusiones del Concilio para América Latina y se transforma en un llamado de la Iglesia a asumir los procesos de cambios que se producen en el continente,[27]y a ser promotora de los procesos de  liberación que tienen como exigencia la conversión personal, de justicia social y de una Iglesia cercana a los pobres. Con ello, se asume abiertamente una actitud de pastoral profética, es decir, se denuncian las estructuras de injusticia y los atropellos a la dignidad humana.

Medellín plantea un nuevo estilo de Magisterio, un enfoque unitario y real de la realidad latinoamericana, el futuro de la personalidad y autonomía de la Iglesia en América latina. Se hacen uso de las ciencias sociales para realizar un diagnóstico de la situación latinoamericana. Se opta por el método  Ver, Juzgar y Actuar. La Iglesia, deja de tener una postura cercana a las estructuras oficiales y hace una opción por los más necesitados. Ellos son los protagonistas privilegiados de su mensaje y a ellos debe ir dirigida su atención particular:

“Por todo eso queremos que la Iglesia de América latina sea evangelizadora de los pobres y solidaria con ellos, testigo del valor de los bienes del reino y humilde servidora de todos los hombres de nuestros pueblos. Sus pastores y demás miembros del Pueblo de Dios han de dar a su vida y sus palabras, a sus actitudes y su acción, la coherencia necesaria con las exigencias evangélicas y las necesidades de los hombres latinoamericanos.”

“El particular mandato del Señor de Evangelizar a los pobres, debe llevarnos a una distribución de los esfuerzos y del personal apostólico que dé preferencia efectiva a los sectores más pobres y necesitados y a los segregados por cualquier causa, atentando y acelerando las iniciativas y estudios que con ese fin se hacen.”[28]

            Medellín es muy claro al afirmar que no es posible seguir predicando la pobreza como una actitud cristiana sino tenemos claro algunas consideraciones acerca de ella:
1)                 La pobreza es un mal, una carencia de bienes. Es un pecado que hay que combatir.
2)                 La pobreza espiritual debe ser entendida como una infancia espiritual y de apertura al Señor de la Vida.
3)                 La pobreza como compromiso que asumen algunos como condición para el servicio de los más necesitados y de la fidelidad al Evangelio.[29]

3.         El Nacimiento de un nuevo modo que la Iglesia Latinoamericana tiene de entenderse a sí misma; la Teología de la Liberación

Desde 1927 la pastoral de la Iglesia se regía por un estilo conocido como “nueva cristiandad”. Este estilo, pretendía imprimir de valores cristianos toda la sociedad. En palabras de Pío X se pretendía “hacer de Cristo el centro de todo” , es decir, se quiere recuperar la influencias que la Iglesia había perdido en América latina en el siglo XIX, luego de la independencia de España y en el siglo XVI en Europa con el surgimiento de la modernidad. Esta actitud de marcado tinte monárquico le trajo bastantes críticas del mundo liberal.

 Sin embargo, en la época de los sesenta se erige en el continente una nueva forma de hacer teología. Una teología que nace como “reflexión critica sobre la práxis a la luz de la fe.” La teología de la Liberación hace una afirmación radical; el mundo de pobreza y miseria que soportamos no es querido por Dios. Esta constatación de “pecado social” en la que la brecha entre pobres y ricos es abismante y donde unos  pocos tienen mucho y muchos tienen poco o nada para subsistir, donde los pobres mueren antes de tiempo, es un insulto y una interpelación a la fe.[30]   La teología de la Liberación emerge así como una lectura crítica que busca el diálogo directo con la realidad con la mediación de las ciencias sociales, eso les permite ver que la situación del continente es de dependencia y esa es la causa profunda de su empobrecimiento.  Esta teología se presenta como una radicalización y profundización de Medellín[31] y tiene una especial recepción en muchos sacerdotes, obispos y laicos que buscan en ella una explicación más certera de la pobreza, injusticia y sufrimiento de un continente golpeado.

La génesis de esta teología se produce en Chimbote, donde Gustavo Gutiérrez expone las ideas maestras de una posible teología de la liberación, que dé el salto de una concepción de desarrollo a una de liberación, por su carácter más bíblico e integral que la anterior. Su libro, aparecido en 1971[32], marcará un hito, ya que en ella trazan los lineamientos centrales de esta teología en gestación. 

Sin lugar a dudas, es lo más nuestro que ha surgido en América latina. Ha sido el producto de una reflexión profunda y madura de la pastoral y de la realidad de nuestro continente y de nuestra Iglesia. La teología de la Liberación se fue perfilando como una respuesta, desde la fe,  a las preguntas centrales de la vida cotidiana. Y responde a un nuevo contexto donde los pobres irrumpen en la historia, una historia que es, a la vez, historia de salvación. Por eso se invita a releer la Biblia desde la perspectiva de los predilectos de Dios; los pobres y desposeídos.

Ella, la Teología de la Liberación,  ha marcado el quehacer teológico, no sólo de América Latina, en estos períodos, sino que fue un aporte real a la teología universal. Así aparecen teologías de la Liberación en Africa, en Asia. Y se profundizan en los megaausentes de la historia; Las mujeres, los indígenas, los discapacitados, el problema ecológico, etc.

La palabra “Liberación” se asume así en esta teología no como un mero genitivo, sino como la explicación más clara de la experiencia cristiana que traspasa toda la revelación, desde el éxodo hasta el Apocalipsis. En este sentido, la palabra “liberación” supera la mera explicación socio - política y adquiere un carácter teológico central. Se descubre su significación bíblica más honda y su riqueza histórica más radical.  Ella, junto a la palabra salvación, forman parte integral del mensaje de salvación de Jesús que se nos presentan en los Evangelios. La Teologia de la Liberación otorgó a la teología un modo propio de lectura de la Palabra de Dios; desde la óptica de los pobres. Aunque están conscientes de que no es la única lectura de la Biblia que se puede realizar, Ellos, desean resaltar este tipo de lectura por ser la más cercana a la realidad que sufre el continente.[33] Se trata de una lectura privilegiada y comprometida con la causa de los pobres. Se trata de rescatar los temas que interesan para iluminar y animar el caminar de los que sufren. Se trata de leer y de experimentar profundamente, desde la perspectiva de la fe, el mismo caminar del pueblo elegido por Dios, desde su esclavitud en Egipto   hasta su liberación. Se trata de entusiasmarse por el proyecto histórico de Jesús, que retó la estabilidad de su tiempo y llamó a construir un mundo más justo y más humano. Se intenta rescatar el rostro verdadero de Dios, revelado en Jesús, como un Dios Padre cercano a las necesidades de los que sufren. Un Dios que no permanece indiferente ante el dolor de la gente de su pueblo; un Dios que resucita a Jesús y resucitándolo aprueba su proyecto histórico.

Se transforman en paradigmas de esta teología los acontecimientos del éxodo y del seguimiento radical de Jesús (imitación de Cristo) y la pascua  del mismo Jesús, ya que, la realidad de Latinoamérica es una realidad de éxodo, de sentirse extraños en su propia tierra, y de pascua, porque la sangre de muchos mártires ha hecho surgir una nueva esperanza, en la que se lucha porque aquellos que sufren la marginación, el hambre y la injusticia sean considerados en la convivencia humana, que es otra forma de pretender lo mismo que Jesús. Creo que Leonardo Boff lo expresa claramente cuando se refiere a los acentos que ha propiciado la TdeL;

“Todo lo que es relevante en la dimensión de la liberación queda subrayado y tematizado; el mismo pueblo productor de los textos escriturísticos, como pueblo oprimido y explotado por las grandes potencias de Medio oriente y de Egipto, el tema del éxodo, del destierro, de la liberación mesiánica, la figura de Jesús de Nazaret como liberador al mismo tiempo histórico y trans histórico, su mensaje del reino de Dios como total liberación de los hombres y de la creación, la cruz y la resurrección como misterio pascual paradigmático de todo el proceso de liberación auténtica, la opción preferencial por los pobres por parte del Jesús histórico y de los apóstoles, la conversión como ruptura con un mundo que se basta a sí mismo y abertura a la novedad del reino.”[34]

Esta relectura de la Biblia se vuelve una de las expresiones más propias en las comunidades de base de América latina, que intentan interpretar desde su vivencia, llámese espiritualidad de liberación, interpretan la Escritura.

4.         Pensar Medellín es agradecer lo que somos.

Deseo terminar estas largas palabras, retomando aquellas de Don Ignacio en su discurso inaugural de esta Semana. Hablar de Medellín es hacer memoria y como bien lo señalaba Heidegger en su célebre obra dedicada a la pregunta por el pensar;  la memoria es aquello que nos mantiene en el ser, en el pensamiento. La memoria nos permite tener en consideración aquello que de por sí es preocupante, aquello que dio que pensar, que da que pensar y que dará que pensar. Hacer memoria es la posibilidad misma de agradecer, de conmemorar, es decir, de actualizar aquello que pudo haber quedado en el olvido. Por ejemplo, es necesario recordar que Medellín es una respuesta de la Iglesia a los tiempos de transformación compleja que vive en A. L. que no es otra que la respuesta  de Jesús que provoca su ruptura histórica (indignación y Misericordia)y que genera en nosotros, en nuestra práctica pastoral, una ruptura que nos ha llevado a mirar al otro y a los otros, los pobres de Medellín y de Aparecida, como los predilectos de nuestra acción pastoral, no porque lo merezcan sino porque Dios los ha elegido a ellos.

Recordar los 50 años de Medellín es recordar la actualidad del Actuar de Jesús en un continente cuyas venas sangran y por medio de una Iglesia que debe entender que el epicentro del sentido de su ser es anunciar al crucificado desde los crucificados de la Historia.



[1] GADAMER, H.G.; Verdad y método, Capítulo II, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1994, p. 143.
[2] Gadamer afirma que “Desde el romanticismo esa forma de conciencia nos hace contemplar el conjunto del pasado y sus tradiciones como si fuésemos extraños a él.” GADAMER,.H.G, “Acotaciones Hermenéuticas”, Editorial Trotta, Madrid, 2002, pág. 125.
[3] Ibíd., Pág. 141.
[4] Ibid. Pág. 349.”Aún la tradición más auténtica y venerable no se realiza, naturalmente, en virtud de la capacidad de permanencia de lo que, de algún modo, ya está dado, sino que necesita ser reafirmada, asumida y cultivada.”
[5] Ibid. Pág. 367.
[6] Ibid. Pág. 350.
[7] Ibid. Pág. 377.
[8] GADAMER,  Acotaciones hermenéuticas, Op. Cit. Pág. 91 y ss.
[9]              Ver el interesante artículo de Gonzalo Arroyo s.j. en la revista “Persona y Sociedad”, volumen XIII, Nº 2, agosto de 1999.Este número está dedicado al neoliberalismo.
[10]             Ver infra  apartado III de este mismo capítulo.
[11]             CELAM, “La Evangelización en el presente y en el futuro de América Latina”, Documento de Puebla, Nª 30.
[12]             Como quedó demostrado en el apartado anterior acerca de los cambios económicos en América latina. (Ver apartado I)
[13]             Muy propia de América latina, según nuestros Obispos en Puebla, esta ideología entiende a la persona humana al servicio de una supuesta guerra total contra los conflictos tanto culturales, sociales, políticos y económicos. Ve en estos conflictos una amenaza del comunismo. Frente a este peligro que es permanente, real o posible, se limitan como en toda situación de emergencia, las libertades individuales y la voluntad del estado se confunden con la voluntad de la nación. El desarrollo económico y el potencial bélico son más importantes que las necesidades sociales reales de la población. Suprimió la participación del pueblo y se justificaba como defensora de la civilización occidental y cristiana. (Puebla Nº 314, 549)
[14]             GARRETÓN, M. ANTONIO; “Dictadura y Democratización”, FLACSO, Santiago de Chile, 1984, pág. 21.
[15]             Sigo la exposición de M. GARRETÓN; “Dictadura y democratización”, Op. cit. Pág. 22.
[16]             Esto se pudo notar en la forma cómo es presentado el régimen militar en Chile por los integrantes uniformados participantes en la mesa de diálogo, instaurada por el Presidente Eduardo Frei para dialogar en torno al tema de la violación a los Derechos Humanos en Chile y el destino de los detenidos desaparecidos. Según la opinión  de éstos, el régimen en Chile debía ser concebido, más propiamente, como cívico – militar y no exclusivamente militar.
[17]             ALTIMIR, OSCAR; “Distribución del ingreso e incidencia de la pobreza a lo largo del ajuste”, en Revista de la CEPAL, Número 52, año 1994, Santiago de Chile, pág. 16.
[18]             Ibid.
[19]             STAVENHAGEN, RODOLFO; “A la sombra del desarrollo: Campesinos e indígenas en la crisis” en José Luis Reyna (compilador) América Latina a fines de siglo, Ed. Fondo de Cultura económica, s/f., pág. 309.
[20]             Ibid, pág. 311.
[21]             RIVAS, E; Op. cit. pág. 11.
[22]             MEDELLÍN, Paz, Nº 16.
[23]             MEDELLÍN, Paz, Nº 1.
[24]             MEDELLÍN, Paz, Nº 14.
[25]             MEDELLÍN, Justicia, Nº 1
[26]             MEDELLÍN, pobreza de la Iglesia, Nº 1 y 2.
[27]             RIVAS, EZEQUIEL; “De Río de Janeiro a Santo Domingo”, en “Río de Janeiro, Medellín, Puebla, Santo Domingo”, CELAM,  Ediciones San Pablo.1993, pág. 14.
[28]             MEDELLÍN, La pobreza de la Iglesia, Nº 8 y 9.
[29]             MEDELLÍN, Pobreza en la Iglesia, Nº 4.
[30]             GUTIÉRREZ, GUSTAVO; Prólogo al libro de RICHARD, PABLO· “La Iglesia latinoamericana entre el temor y la esperanza, apuntes teológicos para la década de los años 80”, Departamento Ecuménico de Investigación,. Costa Rica, s/f, pág. 9.
[31]             RICHARD, PABLO; “Op. cit. pág. 57.
[32]             GUTIERREZ, GUSTAVO; “Teología de la Liberación, perspectivas”, Ed. Sígueme, España,  1971.
[33]             JUAN CARLOS SCANNONE; “Teología de la Liberación y práxis popular”, Ed. Sígueme, Salamanca España, 1976,  pág. 17.
[34]             BOFF, LEONARDO Y BOFF, CLODOVIS; “Libertad y liberación”; Op. cit. pág. 45.