miércoles, 23 de enero de 2013

Educación, Mercaderes y valuadores


Tomado de "El Mostrador.c"
Autor: Juan Guillermo Tejeda, Académico U. de Chile
En un confuso y escandaloso artículo publicado sigilosamente en El Mercurio, José Joaquín Brunner, el paladín de las certificaciones, evaluaciones y rankings en educación, hace una loa abstracta del saber no certificado.
En realidad, la generación de conocimiento, que es la misión de las universidades, y sustancialmente de las universidades públicas, que por naturaleza identitaria no se casan ni con credos ni con intereses económicos, es la esencia del saber. Pero a menudo están infestadas de redes subterráneas, de usos burocráticos malignos cuya función es desesperanzar a los que tienen esperanza.
Pero no podemos saber de antemano aquello que está por saberse, y esa es una de las paradojas de nuestra miseria epistemológica: premiamos siempre a quienes no lo merecen, e ignoramos a los que amplían el escenario del saber. Lo normalizado es enemigo de lo nuevo, y lo nuevo es la salvación de la especie porque se adapta al contexto real, no al de las leyes, los formularios, las ceremonias o lo políticamente correcto.
La mayoría de los profesores basura explican conceptos basura que son basura porque el conocimiento siempre se mueve, y ellos están inmóviles. Suerte que los jóvenes vienen de revolcarse por internet, y allí hay un mundo que es a veces más real que el de cada día.
Pero Brunner, sociólogo (según el malvado Jocelyn-Holt, carente este sociólogo de títulos universitarios de esos que el propio Brunner evalúa, certifica y traduce a indicadores) no quiere saber lo que vendrá, sino que se conforma con graficar sociológicamente lo que hay. Su ciencia, dirían las mentes más chatas de nuestra sociedad, es describir con cierta elegancia incomprensible eso conocido como “es lo que hay”.
El conocimiento, sin embargo, nunca es lo que hay: es por naturaleza inquieto, imprevisible, vivo como el amor humano. Las universidades chilenas, plagadas de ‘Brunners’, de evaluadoras puntudas de proyectos Fondecyt que ahora son casi todas de la Universidad Católica, de fondartistas, de publicadores de papersmuertos antes de empezar a buscar vida, parecen ir siempre a la zaga de lo que la existencia lúgubre e irradiante nos trae como presa y como banquete.
La Revolución Francesa se convino en los salones de damas aristocráticas deseosas de vivir intensamente que acogían a pensadores que jamás fueron académicos. Poco antes Spinoza, que establecería la ética del amor propio y del bien como mejora en el perseverar del propio ser, declinó amablemente una invitación alemana que pese a un buen sueldo (¡atención, académicos prostitutos, ratas del saber!) contenía ciertas limitaciones letales a su libertad de pensamiento. Hobbes, el teórico de las dictaduras de derecha laica que tanto hemos conocido, tenía la peor opinión de sus profesores y condiscípulos de Oxford, empeñados en ecuaciones aristotélicas cuando se estaba pariendo, en ese siglo XVII, la peligrosa y maravillosa democracia.
Chile es un basural empresarial de universidades chatarra que venden y compran conocimiento. Brunner pesa y mide las partículas elementales de ese conocimiento, que así dividido resulta combinable y transable aunque no sea nada, porque el saber auténtico, lo señala Fernando Flores, es aquel donde irrumpe la danza del aprendizaje, señal de una dialéctica que une a espíritu y cuerpo en una sola perfomance triunfante, la del que aprende. El saber es transformación, no una suma muerta de indicadores muertos.
Cuando escucho hablar de “educación” me sobreviene una náusea parecida a cuando escucho hablar de “cultura”. Se trata de implementar con pinzas asépticas recursos para una cosa que los que implementan no tienen idea de qué es. Se trata de sectorizar lo que debiese ser un hábito cotidiano. Cotidianamente aprendemos, porque el hombre, como señala John Holt, es un animal que aprende. Cotidianamente participamos de la cultura cuando comemos, nos vestimos, elegimos un medio de transporte, hablamos o bailamos, no sólo cuando vamos a ver una película de Fellini.
La señora Thatcher fue estudiante en Oxford, y lo único que sacó en claro de su inmersión en esa universidad fundacional fue odiarla. Más tarde le devolvieron los oxfordianos su sentimiento al privarla de una distinción, aunque eso, para ella, no fue nada. Durante los años ochenta, la gestión thatcheriana consistió, en este aspecto de la vida social, en destruir a las universidades como espacios de libertad, de curiosidad, de conversación y de humanismo. Y reemplazar aquellas nobles tradiciones de la pérdida del tiempo por la adquisición ávida de indicadores basura que debieran demostrar que se está haciendo algo útil, como por ejemplo, preparar gente para ir a servir en empresas como Coca-Cola o Colchones Rosen (que son muy buenos) o bancos atroces que esquilman a la gente, o bares que venden comida congelada y con bacterias, todo eso que constituye el éxito económico lejos de la duda, la charla, la polémica, la humanidad, la vida. La vida, para esos seres miedosos como Thatcher o Brunner, es una insensatez que debemos vivir como si fuera algo sensato, y a través de indicadores.
Estos idiotas empeñados en hacer de la aventura del conocimiento un repositorio de indicadores,papers publicados, ponencias en congresos, artículos de libros, citaciones ISI y toda esa basura accesoria, han logrando hacerse cargo del sistema para corromperlo y destruirlo desde dentro.
Brunner habla de los valores humanos, aquellos que destruye con su práctica. Apela al conocimiento socrático, pero lo balancea con la necesidad de que sea para todos, lo que no se ve por qué razón no podría ser así.
Thatcher, Reagan, Pinochet, Harald Beyer, Juan José Ugarte y José Joaquín Brunner quieren hacer del conocimiento un mercadillo de indicadores que beneficien a los beneficiados de siempre, incorporando en calidad de deudores a los demás, y de eso no va a salir nada bueno. El conocimiento es otra cosa. Se trata de amar los libros o el vagabundeo por la red, que la mayoría de los paperistas odia. Se trata de mantenerse en la estupefacción, en la duda, de flotar libremente en los múltiples lenguajes que componen nuestra existencia.
Pero Brunner y sus secuaces (a lo mejor no son tan malos, los pobres) sólo piensan en formularios. Hay que llenar casilleros, obtener puntajes y, como anhelaba Thatcher, que nunca leyó un libro y estuvo unos días en Zapallar en la casa de Ricardo Claro, y defendió a Pinochet en Londres, finalmente ser capaces de decidir qué es útil y qué no lo es en el conocimiento. No es posible saberlo, señores y señoras. Lo nuevo siempre irrumpe, pero jamás por el escenario donde está anunciado.
Las universidades públicas chilenas, y la Universidad de Chile, gloriosa entre todas ellas, se encuentran hoy atrapadas entre dos fuerzas basurientas, aquella del mercado, y aquella de los indicadores. No va a negar uno que en las universidades se pierde el tiempo: para eso fueron hechas, para sacar a los jóvenes de la imbecilidad de los colegios con sus notas, y para darles un poco de protección y de libertad antes de entrar a la máquina de moler carne del mercado. Ya me dirán ustedes qué haríamos con un millón de jóvenes buscando trabajo o merodeando por las calles. Pero curiosamente si hace unos años los únicos que sufrían la humillación absurda de las notas eran los estudiantes, hoy gracias a Thatcher, Brunner, Beyer y compañía tenemos notas para todos: alumnos, profesores, investigadores, departamentos, escuelas, universidades, todo lleva una puntuación mezquina dictada por el esfínter mental de los profesores judicializados, que son los que la llevan.
Yo, francamente, creo que lo mejor de la vida está en lo que bulle en las personas, no en lo que unos burócratas redactando formularios creen que debieran ser, sino en lo que gozosa o dolorosamente son. No sé qué es esta vida ni a qué conduce, pero he experimentado el deseo, el placer, la curiosidad, la compasión, la sensación deliciosa de existir, y me parece que toda esta faramalla de fondos concursables y convenios de desempeño lo que hace es devaluar y finalmente sepultar nuestra humanidad.
Las universidades chilenas, así llamadas aunque la mayoría son basura, están extraviadas hoy en el reemplazo del saber por los indicadores, en un mundo turbio de notas, informes, formularios, certificaciones, exámenes, pruebas, titulaciones, calificaciones, evaluaciones, puntajes, cada una de las cuales genera su propia red corrupta de trucos y ardides. Estamos enseñando astucia, no conocimiento, estamos imprimiendo en los jóvenes desconfianza, no amor por la vida.
Así es que yo les digo, no a Brunner, no a Beyer, no a Ugarte, y sí a ustedes los aún humanos, joven universitario insurrecto, viejo académico deprimido. No a las notas, sí al buen ambiente. Aprendemos en ambientes gratos, en cambio con las notas aprendemos a mentir. Las evaluaciones continuas nos humillan, una bonita conversación nos ilumina. Los rankings nos convierten en mercadería, un campus a escala humana nos da un espacio para convivir.
Nos conviene decir no a la basura burocrática, y sí al espíritu humano con sus contradictorios deseos. Y nos urge sobre todo decir sí a una actitud de honestidad radical, volver a ser capaces de sentir nuestra verdad y decirla en un mundo que es finalmente nuestro mundo, el que habitamos, el único que tenemos.

martes, 18 de diciembre de 2012

LA EDUCACIÓN, ENTRE LO URGENTE Y LO IMPORTANTE


Ricardo Montes Pérez
Licenciado en Educación
Magister en Ética Social y Desarrollo Humano
Doctor en Filosofía


¿Puede un filósofo impedir filosofar? Se preguntaba Nietzsche en su primera conferencia sobre el provenir de la educación. Nosotros podríamos preguntarnos siguiendo la misma inspiración si puede un concepto de hombre, de sociedad y de educación impedirnos educar. Tal vez sea necesario, y eso creo hace falta resaltar lo medular que resulta clarificar aquello para poder comprender si la disyuntiva a la que nos vemos enfrentados puede ser de algún modo resuelta o vislumbrada.

Nietzsche nos señala en el mismo texto que se dan en nuestra educación dos grandes tendencias: Unas que favorecen la ampliación y difusión lo más posible de la cultura y otras que optan por restringir lo más posible el acceso a ellas. La primera, exige que la cultura sea accesible a la mayor cantidad de personas posibles y la otra, que pretende que ésta abandone tan nobles ideales y se ponga al servicio de otras formas de vida cualquiera.

1.       LA EDUCACIÓN ENTRE EL TENER Y LA UTILIDAD

Toda educación es una conjunción de los tres tiempos que conforman la vida de las personas. Es esencialmente una confluencia del pasado, presente y futuro. En relación con el pasado, en ella, los educandos recepcionan los conocimientos adquiridos por la experiencia humana, es decir, la historia juega un rol fundamental en el introducir a la persona a la experiencia de lo humano. Este bagaje adquiere sentido en la medida en que hace que estos sujetos se encuentren capacitados para vivir en sociedad, para manejar los elementos fundamentales de la cultura a la que acceden y de las cuales se sienten pertenecientes. Toda cultura, por definición, hace del ser humano un ex animal, es decir, hace que éste deje de ser uno más en la biósfera y se constituya como un ser humano miembro de la especie de los humanos.

El carácter más general y fundamental de una cultura es que debe ser aprendida, o sea, transmitida en alguna forma. Como sin su cultura un grupo humano no puede sobrevivir (a menos que asuma una cultura diversa, más o igualmente eficaz, caso en el que mutará concomitamente su naturaleza toda) es en interés del grupo que dicha cultura no se disperse ni se olvide, sino que transmita de las generaciones adultas a las más jóvenes a fin de que éstas se vuelvan igualmente hábiles para manejar los instrumentos culturales y hagan así posible que continúe la vida del grupo. Esta transmisión es la educación.

La educación es pues un fenómeno que puede asumir las formas y las modalidades más diversas, según sean diversos grupos humanos y su correspondiente grado de desarrollo; pero en esencia es siempre la misma cosa, esto es, la transmisión de la cultura del grupo de una generación a la otra, merced a lo cual las nuevas generaciones adquieren la habilidad necesaria para manejar las técnicas que condicionan la supervivencia del grupo. Desde este punto de vista, la educación se llama educación cultural en cuanto es precisamente trasmisión de la cultura del grupo, o bien educación institucional, en cuanto tiene como fin llevar las nuevas generaciones al nivel de las constituciones, o sea, de los modos de vida o las técnicas propias del grupo.

            Visto desde aquí podemos decir que la educación juega un rol no menor en la configuración de nuestra cultura. Pero la pregunta que nos surge es ¿De qué cultura la educación se hace regenadora? ¿Qué énfasis promueve nuestra cultura que reproduce nuestra educación? Me permito señalar sólo dos, a parte de la que ya se han enunciado; El tener y la utilidad.

a)       El tener:          No nos referimos aquí al tener como cualidad antropológica del ser humano, en cuanto que es ante toda definición que podamos hacer de él primeramente, un poseedor de esa definición (por ejemplo, cuando decimos que el hombre es un animal racional lo que decimos antes que ello es que el ser humano tiene racionalidad) sino que nos referimos al tener socioeconómico como condición indispensable para ser en nuestra cultura. Como dice Fromm, la gran promesa del hombre moderno es el progreso. Entiéndase por progreso aquella posibilidad humana de poseer una mayor y mejor calidad de vida, a la posibilidad de dominar la naturaleza, de la abundancia material y de alcanzar la felicidad para el mayor número de personas, entendida como la satisfacción indiscriminada de deseos materiales. Una cultura que privilegia el egoísmo a tal punto de hacer de éste el pilar de un modo de ser, de una ética, de un modo de concebir la vida  que reduce todo a la esfera de lo productivo, de la posesión individual de ciertos bienes que a su vez, son inventados por el comercio y promovidos por la publicidad.

 Vivimos en una cultura donde el tener configura a la persona en un eterno competidor y a los otros como rivales. Se da una necesidad de tener y quien carece parece esfumarse en el profundo espacio de la frustración existencial; es un perdedor, un indigente, un enfermo, un desadaptado social. Esta experiencia del egoísmo permite permear todas las realidades humanas, desde la más personal hasta la política y demás está  decir la económica. Egoísmo, o centralidad del tener, que hace que los gobernantes antepongan sus intereses personales a su responsabilidad social. Que hace que las personas se vean sometidas al capricho del endeudamiento que los aliena; consumir viene a ser el nuevo nombre de la paz, hasta que no puedas seguir solventando ese consumo. Quien no tiene no merece un trato digno, una educación digna, una salud digna. Merece, desde esta lectura, ser invisibilizado.

Vemos con patética indiferencia los rostros de millones de personas  a quienes les falta lo mínimo para sobrevivir. El egoísmo individualista, propiciado por una ideología economicista, que nos condena a privatizar los espacios de encuentro y colaboración mutua que necesitamos para reconocernos miembros de una gran familia; la familia humana. Hemos preferido la seguridad ciudadana  a la convivencia comunitaria, el miedo, expresado en detalles tan obvios como la proliferación de alarmas y sistemas de seguridad en nuestras casas) al diálogo, la policía a la mesa de diálogo para no dañar mis intereses, el engaño a la verdad, etc. Los datos estadísticos son patéticos y no podemos abstraernos de ellos; se hace urgente propiciar una nueva cultura, una nueva economía, una nueva manera de concebir un ethos, ajeno a la indiferencia e individualismo que nos acecha. Se hace necesario reconstruir lo más original que hay en el hombre, sus fundamentos últimos que nos devuelva la confianza y por sobre todo, la empatía y la simpatía, ante y frente al otro. Sólo si somos capaces de recuperar ese “Ser junto a otro”, propio de la condición humana,  podremos llamar al corazón humano sin el miedo a no ser escuchados.

b)      La Utilidad:    La cultura que nos asiste es una cultura que ha puesto de relieve un determinado ethos, es decir, un determinado modo de ser en el mundo. Este ethos está centrado en la obtención de ganancias. Toda la actividad humana está traspasada por la lógica de la opulencia.

Estamos en presencia de una mentalidad utilitarista que reconoce en el esfuerzo individual el único sentido de la acción humana. Lo especial de la situación actual radica en que se multiplican las señales que indican que esta marcada estimación utilitaria no ha hecho más que acentuarse en un sistema-mundo que se articula en lógica economicista, que integra todo en clave precio-ganancia-utilidad, que erosiona el bien intrínseco de las actividades humanas[1] y que amenaza con convertirlo todo en negocio, (de eso el fútbol nos da la mejor señal, lo que es por esencia un deporte se ha transformado en una maquinaria monopólica que entrega excedentes insospechados aún y de los cuales de seguro,  más adelante nos avergonzarán), apuntando a promover un sujeto con incapacidad crítica y falta de iniciativa moral[2] frente a un orden que en el privilegio de la mera funcionalidad no propicia, verdaderamente, ni la una ni la otra. Un orden que nos invita a sentirnos atraídos por el ethos de un modo de vida armonizado con el mercado mundial, que espera que cada ciudadano consiga, por ejemplo,  la educación necesaria para convertirse en un empresario que gestiona su propio capital humano. Resulta desaconsejable hablar de solidaridad en un contexto socio cultural y económico, y por lo mismo político, donde reside la ausencia de la centralidad del otro. Esto se evidencia, por poner sólo un ejemplo, en el mundo de la política donde  todo se transforma en ganancia, es decir, todo lo que se hace se hace con pretensión de satisfacer los deseos propios que se han propuesto como finalidad de algún determinado sujeto.[3] Una sociedad midástrica que desea y busca que todo aquello que toque se convierta en oro, pero que con ello pierde el sentido de la cercanía y la proximidad

Paradójicamente, la vigencia de los cánones económico-utilitarios aparece, en los hechos, fortaleciendo la desigualdad en el acceso y en la calidad de la educación que reciben los individuos, al menos en países como el nuestro. De esta manera, se hace inevitable que esta retórica que vincula educación y desarrollo resulte sospechosa al no reflejar, al mismo tiempo, impulsos efectivos hacia la inclusión y equidad en el sistema educativo. Quizás no hay accidente en esto, sino la evidencia de un proceso que no logra inscribirse en un proyecto de desarrollo con auténtica irrigación ética, que simplemente no tiene la justicia social como meta que decide y anima su impulso.

¿Cómo educar en una cultura que favorece estos ideales? ¿Qué es lo urgente hoy que habrá que educar o señalar como digno de resaltar; la competencia, la eficiencia, la economía, la supeditación de lo público a lo privado, la forja de un sujeto unidimensional, inseguro, incapacitado para la convivencia, enamorado de su propio porvenir?

2.              OTRO MODO DE HACER EDUCACIÓN

Partamos de una constatación kantiana fundamental: sólo mediante la educación podemos dar forma a la existencia humana. Estamos convencidos de que la persona tiene en sí misma un germen de bien y que la educación es la herramienta propicia y única mediante la cual éste puede desarrollar este bien, de pasar del ser al deber ser. La educación hace al hombre, sin educación, nos señala Kant, el hombre no es nada. La educación representa la estructura constitutiva y constituyente de la comprensión y despliegue de la moralidad, ni más ni menos, que el proceso en el que se articulan los esfuerzos y cuidados dirigidos a la habilitación del ser humano como tal.

Siguiendo a Kant podríamos decir que la única forma de responder  a la urgencia por los cambios que necesitamos como sociedad para forjar una nueva cultura pasan necesariamente por un nuevo modo de educar. Pasan por una comprensión del ser humano esencialmente distinta. A modo de propuesta podríamos decir:

a)       La comprensión del hombre como un ser Social: Esto no es nuevo y todos lo tenemos intelectualmente interiorizado. El hombre es un ser social, quien por medio del lenguaje, es capaz de entablar relaciones significativas con el otro.

b)      Educar en la autonomía: Educar para la autonomía: sentido ético más profundo de la educación (habilitar para la adultez, poner los cimientos de la persona adulta) Su desarrollo implica un proceso (desde que el niño arme por sí mismo su mochila hasta el joven que diseña su proyecto de vida) La educación es un  proceso de niño a joven. Formar para la autonomía: es formar para la libertad. Libre: el que sabe quien es. La educación ha de propiciar que el estudiante SE CONOZCA, SE RESPETE, SE AME…en lo que verdaderamente es y quiere.

La educación debiera fomentar el sentido de la singularidad, el valor de la individualidad: ¡Que tú existas hace una diferencia! Así la educación honra el milagro del nacimiento, la llegada de lo nuevo al mundo. Celebración de la vida nueva. Todo nacimiento representa en el mundo la posibilidad de un nuevo comienzo.


c)       Recuperación de la memoria, valorización del pasado con vistas al futuro y en intimo encuentro con el presente: El hombre, heredero de la modernidad, se ha visto desarraigado de sus fundamentos más íntimos. Ha visto perdido sus raíces y ha roto sus vínculos que lo religaban con la tradición, las instituciones, los demás y con lo sagrado. Esto se ve graficado en la despreocupación de las herencias con el pasado; el hombre moderno vive un proceso continuo de olvido  de la riqueza del pasado, en un permanente descuido de lo que ha dado lugar a su ethos, de lo que ha llegado a ser. Esta ruptura con el pasado, si bien ha traído progreso y bienestar, lo ha vuelto hacia fuera, lo ha trasplantado y condenado a ser un hombre que no tiene origen y que se esconde de todo; un constante fugitivo de sí mismo.  Esto lo expresa Heidegger al afirmar la preeminencia de un pensamiento calculador. El hombre vive sometido al predominio de un cálculo “que se deja leer en esa búsqueda de usufructos y funcionalidad, de objetivación y de control, de rendimiento y de utilidad, que se verifica en casi todos los frentes de la sociedad contemporánea.”  Olvidando que el hombre vive su historia en diálogo con la realidad histórica ya existente, y que no puede hacerse sin historia, se ve continuamente afectado por ella.  Zubiri ha hecho notar la importancia del pasado: “Somos el pasado, porque somos el conjunto de posibilidades de ser que nos otorgó al pasar de la realidad a la no realidad. Por esto, estudiar el presente es estudiar el pasado, no porque éste prolongue su existencia en aquél, sino porque el presente es el conjunto de posibilidades a que se redujo el pasado al desrealizarse.”

d)      Educar en humanidad que no es lo mismo que educar en humanidades:    Educar en humanidad implica comprender que no hay educación sin otros, que son los otros los que me dan la humanidad. Nadie se hace humano sólo

e)       Educar a sujetos reflexivos: Estamos en presencia de la huida del hombre de sí mismo que lo ha hecho carente de interioridad, se verifica en la cultura de la vorágine y del  ruido, que no deja espacio al silencio, a la meditación y a la comprensión de sí mismo. La sentencia dada a Sócrates en Delfos sigue siendo un desafío del hombre moderno para consigo mismo. Una deuda que sólo puede saldar si recupera los espacios de meditación, de recogimiento y de admiración hacia sí mismo.

Lo anterior va acompañado de una creciente homogeneidad del ser humano; el hombre vive arrojado en el anonimato que lo disgrega entre la impersonalidad y la masividad.  Este carácter masivo de la persona ya ha sido planteada por varios filósofos, baste citar a J. Ortega y Gasset en su libro “La rebelión de las Masas” o el ya citado M. Heidegger, quien se ha apurado en señalar que el hombre moderno vive en el “se impersonale”. Este olvido de la identidad personal y el arrojo al consumo y el “destape” de aquellas manifestaciones que los hacen sentir libres no siéndolo.

f)        Educar con sentido: El hombre moderno es un sujeto mediatizado, donde el fin ya no es buscado en sí mismo; casi ni siquiera importa. El ritmo acelerado de la vida no permite la búsqueda de un sentido más utópico que el mero bienestar económico. La sobreabundancia de algunos deja una senda de tristeza en el corazón. Así lo expresa Juan Pablo II en su encíclica Fides et Ratio “Se ha de tener presente que uno de los elementos más importantes de nuestra condición actual es la crisis de sentido.”  “El tiempo de las certezas ha pasado irremediablemente; el hombre (moderno) debería ya aprender a vivir en una perspectiva de carencia total de sentido, caracterizada por lo provisional y fugaz” Lo  que puede ser verdad para unos para otros puede que no exista.  O lo que Victor Frankl señala en su texto el hombre en busca  de sentido. “hoy ya no vivimos en una época de frus­tración sexual, como en lo tiempos de Freud, sino en una época de frustración existencial. La psiconeurosis -piensa él - es, en última instancia, un sufrimiento del alma que no ha encontrado su senti­do. El fracaso del "para qué" de la vida, del "sentido", ha engen­drado el hastío, ese "hastío de civilización" que, en las sociedades de consumo, corroe como un ácido todos los momentos de lucidez. Se nota sobre todo en los países en que se ha resuelto el problema económico y el hombre tiene tiempo para encontrarse a solas con­sigo mismos

Muchas Gracias!



[1] En ética profesional hablamos que las profesiones están traspasadas por dos tipos de bienes: los intrínsecos, que son propios e inherentes de una profesión y mediante los cuales ésta adquiere legitimización y racionalidad y los bienes extrínsecos que se derivan de los bienes intrínsecos y que son posibilitados por éstos que son el dinero, el prestigio y el poder. Lo incorrecto, desde mi manera de ver, es que hemos invertido el grado de importancia de valores.
[2] Notemos que en nuestros sistemas educativos, no solamente el chileno sino que en varios países latinoamericanos e incluso europeos, hay un énfasis en la privatización cada vez más acentuado del curriculum escolar. Como padres enseñamos a nuestros hijos que, para triunfar en la vida, tener éxito, tendrá que elegir una profesión que resulte económicamente rentable, tal vez un ingeniero, un médico, informático. Les decimos que deben ser cuidadosos de no juntarse con aquellos que malgastan su vida. Hemos dejado de lado las artes, la música y la filosofía y hemos transformado nuestras escuelas en espacios de cultivo de conocimientos técnicos que nos sirvan en la vida. Hemos despreciado la religión porque nos invita a dar sin esperar recompensa y hemos dado espacio al deporte porque es un ejemplo lúcido del modo en cómo debemos conducirnos en la vida; competir, derrotar y ganar.
[3] Los casos de corrupción recientemente dados a conocer son la punta del iceberg de una cultura que tiene una creciente y cada vez marcada concepción de que lo público está al servicio de los bienes privados.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

LA FILOSOFÍA CRISTIANA COMO ACONTECIMIENTO

(texto presentado en el  XVII Coloquio filosofía  educación y sociedad, del Departamento de Teología de la Universidad Católica del Norte)

Ricardo Montes Pérez
Profesor de Filosofía y Religión
Magister en Ética Social y Desarrollo Humano
Doctor en Filosofía

He querido plantear en este coloquio una reflexión no ajena al quehacer mismo de este departamento; la cuestión del cómo hablar de una filosofía cristiana hoy Pero me permito una reflexión inconclusa hecha desde la vivencia que no tiene nada por acabado, citando, sólo cuando sea el caso, a aquellos que me siguen el juego de la reflexión o mejor dicho, a aquellos que llenan de pretexto esta improvisada exposición que se vuelve pretenciosa e insensata al decir algo del hecho cristiano sólo aconteciendo en mi lo cristiano de manera particular. Me perdonarán mis amigos filósofos por intentar  decir filosofía, desde mi perspectiva particular siempre insospechada y hasta ilógica , y que pueda herir sus más profundas convicciones o investigaciones,  y mis amigos teólogos que diga en términos extraños algo que no es tan evidente o que incluso pueda ser acusado de herejía.

He querido plantear esta problemática de hablar de una filosofía cristiana hoy. Asunto medular en el contexto de una sociedad secularizada, traspasada por la afirmación Nietzscheana de la muerte de Dios  ubicándola como uno de los orígenes del declive de occidente y  ciertas corrientes racionalistas que señalan la. que la noción de filosofía cristiana resulta en sí misma contradictoria y suponen una incongruencia de alguna reflexión filosófica  que dice relación con otra dimensión que es la de la dimensión religiosa  O de aquellos que dicen que afirmar la mera posibilidad de una filosofía cristiana no es otra cosa que un fin meramente apologético que usa a la filosofía para poder defender el dogma cristiano.  Ese fue por ejemplo, el intento tomista de construir una filosofía que utilice a la vez la razón natural y la fe como dos fuentes de conocimiento, o la realidad histórica de la filosofía desarrollada en la edad media en cuanto reflexión con supuestos cristianos. Gilson ha mostrado que la expresión “filosofía cristiana”  no ha estado excenta de críticas en primer lugar, desde la perspectiva de los historiadores, entendiendo que nunca ha habido algo de tal naturaleza sino una mezcla disonante de doctrinas griegas con teología, la cual no ha enriquecido el patrimonio filosófico de la humanidad. O la postura de Stein que afirma que la fe cristiana no es otra cosa que una obra de la razón, pero que reconoce y acoge las verdades de la revelación cristiana como necesarias para una comprensión profunda y cabal del ser y de los entes.  En fin, comencemos:

1.                  ¿PUEDE UN FILÓSOFO SER CRISTIANO?

Hablar de la filosofía cristiana es, en primer lugar, unir dos dimensiones y realidades humanas que desde el pensamiento moderno deben ser relegadas a reflexiones casi antagónicas, la fe y la razón.  ¿Puede un filósofo ser cristiano? Me preguntaba en una ocasión un alumno de una de las facultades de esta Universidad,  como queriendo invalidar la vivencia cristiana de todo esfuerzo de pensar la realidad y la misma fe desde los reductos de la razón. Estoy cierto que una de las condiciones especiales de toda filosofía es no quedarse con explicaciones provisorias de la realidad, sino como bien dice, Pamela Chávez, profesora de ética de la Universidad de Chile “aspira a la claridad última y hasta el último elemento comprensible, hasta el ser mismo y la estructura del ente”.  Es la labor que en su momento hizo Aristóteles para la filosofía primera, que se complementa con los sectores de la filosofía que tratan diversos aspectos del ente.  La filosofía cristiana, creo, no niega este aspecto, al contrario, lo profundiza, lo hace patente. Tampoco podemos negar que no hay vivencia humana que no sea un intento por encontrar la verdad y tratar de vivirla, errada o no, pero se esfuerza en ello. Ya decía Sócrates que nadie podía vivir su vida, con algo de sentido, sin previo examen acerca de ella. La existencia humana está tejida de acciones, que siempre vienen a ser consecuencias de opciones generales, las cuales, a su vez, derivan de actitudes globales ante sectores de la vida y, finalmente, de un modo básico de hallarse el hombre instalado en ésta. Una opción o el adoptar una actitud, una acción o una postura general que tomemos ante la vida son, además, acciones y procesos, afirmaciones o tesis. Porque creemos determinada presunta verdad es por lo que decimos hacer lo que hacemos. En el fondo de las actitudes hay creencias y los contenidos de las creencias son siempre susceptibles de verdad o falsedad. En palabras más sencillas, sin verdad no hay existencia humana y el filósofo que es Cristiano ha dado fe en su postura de una ellas por las cuales da sentido a su existencia.

2.                  LA EXPERIENCIA CRISTIANA COMO AQUELLO QUE SE DA, COMO ACONTECER

La experiencia cristiana es la experiencia de un acontecimiento. El acontecimiento en la vida de las personas que se llama Jesucristo. Es decir, la experiencia cristiana es la experiencia de un encuentro personal con una persona. Hemos dicho un acontecimiento que, siguiendo a Heidegger,  podríamos señalar como aquel darse fundamental de aquello que está por pensar. Es una tentativa a pensar aquello que está en lo originario, en aquello que rebalsa las expectativas de la razón y se recubre de misterio. Decimos misterio en el sentido aquí, no como aquel artículo que se considera como algo indemostrable o como un problema que se considera insoluble. El misterio lo entiendo como aquella manifestación que sobrepasa toda aquella mostración empírica y nos conecta con aquello que no tiene posibilidad de decirse; el Misterio se contempla, se vivencia, se puede justificar como aquello más íntimo que recubre de sentido la existencia. El misterio que, ajeno a las visiones mistéricas propias de la antigüedad, no es susceptible de recubrirse de un aura de oscurantismo y hermetismo. El misterio para el  cristiano es una vivencia inefable que se abre en el acontecer.

Dicho lo anterior, volvamos al acontecer. Cuando en la vida cotidiana hablamos de que algo ha acontecido o algo está por acontecer o está aconteciendo. Estamos dando cuentas de que hay algo que se dio, se ha dado o se dará y que no está acabado por completo. Así cuando hacemos referencia que el acontecimiento de la revolución francesa abrió nuevas posibilidades para una nueva vivencia de lo político en la modernidad, por ejemplo,  estamos diciendo que aquello sucedido (revolución francesa) sigue siendo en la medida en que ha posibilitado por ella, o a partir de ella, aspectos o situaciones nuevas que se están desenvolviendo. Es algo que se ha dado y que sigue dándose de manera “misteriosa” en aquello que consideramos su consecuencia. Por lo tanto, el acontecer es algo de lo cual no nos hemos apropiado, es decir, no es algo propio que nos permita sostener que lo manejamos con incruenta autoridad. Lo acontecido no se posee, se da. Lo que se da no puede ser necesariamente algo que alguien pueda poseer en su origen. Sólo puede ser, en términos Heideggerianos, a-propiado. Lo acontecido no puede describirse, ni explicarse, ni enseñarse, tal vez proclamarse, si se me permite el término. ¿Qué se proclama cuando se proclama? Algo acontecido. Algo que ha sido y que merece ser conocido (misterio), algo que se recubre de sentido y que está traspasado de lo  “invisto” como gusta decir a Jean Luc Marión. Lo invisto no es lo invisble sino algo que estando en la esfera de lo invisible está en íntima relación con lo visible, incluso lo explica y le otorga significación. Se proclama una paradoja, es decir, una indicación de lo visible pero separándose de él, discreta pero radicalmente. Si el cristianismo dejase de ser esencialmente algo que se da tendríamos la lamentable experiencia, ya varias veces repetida en la historia, de quedarnos prisionero de una imagen de éste determinando un modo específico de hacerse y ser cristiano que hegemónicamente pretende constituirse en molde explicativo de todos los modos de ser cristiano y de pensar la fe cristiana.

Como afirma Hans Küng en su libro;  El cristianismo, esencia e historia, “Estamos ciertos  que cada época tiene su propia imagen del cristianismo, nacida de una determinada situación, vivida y configurada por unas concretas fuerzas sociales y comunidades eclesiales, preformada o pos formada en el plano conceptual por figuras y teologías concretas que dejan huella en el plano mental” (pág. 23) Es decir, podemos decir que la experiencia cristiana acontece en cada época acogiendo de ella lo más originario, pero que tiende a escaparse de una conceptualización que la haga definible, per se. La experiencia cristiana se piensa a cada instante, en cada época acontece de manera distinta pero sin perder su identidad, es más, en cada cristiano acontece de manera distinta; lo que se da en cada vivencia de lo cristiano es una vivencia que excede lo que se ha visto anteriormente y lo que se verá posteriormente, es decir, siguiendo nuevamente a Marión, cada creyente tendrá su propia perspectiva de lo cristiano que cruza lo visible; la Iglesia, la trasciende.

3.              ¿CÓMO HACER FILOSOFIA DESDE EL ACONTECER DE LO CRISTIANO?

Llegados aquí es preciso decir que para el filósofo cristiano, la filosofía acontece en la reflexión de lo que se da. Lo que se da es el modo originario y personal de mostrarse el misterio en la persona de Jesucristo. Lo que se da es la constatación de que la premisa del Dios cristiano es la de un Dios que se da a sí mismo, la vivencia de Dios como don, como rebajamiento, como vivencia. El Dios que proclama el cristianismo es la de un Dios que deja de ser para que otros (sus criaturas) sean. Es desde aquí desde donde se puede y se debe hacer filosofía. Se debe reflexionar en el cómo se puede dar razón de ese don que la excede, en cómo se manifiesta coherentemente esta absoluta donación en la experiencia viva de una comunidad que se sabe en constante donación. Es lo que mis amigos teólogos presentes denominarán “la presencia del Espíritu”.  Implica una mirada abierta a la diversidad y a la posibilidad de que acontezca en la comunidad aquello de lo cual no podremos reducir a mera explicación, lo nuevo que siempre saca ronchas por ser nuevo. La donación, como emergencia de lo que me sobrepasa, es un apostar por dejarse amar por aquel que nos ha amado primero y que se ha donado en totalidad sin perder por ello su ser esencialmente donado. El filósofo que, trae tras de si todo el peso de ser cristiano, es capaz de abrirse a lo que Stein denominaba “la luz oscura de la fe”, es decir, extender sus reflexiones más allá de lo que es accesible a la razón natural. El quehacer del filósofo se enriquece en la vivencia del acontecer de lo divino en la realidad, pero es bien sabido, por aquel que hace filosofía desde esta condición especial, y desde todas las condiciones, que habrá espacio siempre para decir algo del acontecimiento llamado cristianismo que no esté agotado en las formulaciones dogmáticas. En esto quiero  sostener que pensar el devenir cristiano es pensar en aquello que no está dicho y que malamente puede ser dicho desde la cárcel de los conceptos. Creo que es uno de los secretos por los cuales el cristianismo no ha muerto; El acontecimiento cristiano está siempre dándose de manera completamente nueva en la experiencia y perspectiva particular del cristiano que dibuja, a la luz de lo invisto, que busca responder a la manifestación de lo  visible. Es la experiencia del pintor que en su pintura siquiera puede retratar los miles de motivos, las perspectivas variables, los juegos de luces, los trazos, las miradas.

¿Cómo puede la filosofía cristiana resguardar esta cualidad fundamental de pensar el acontecimiento? Será cuestión del filósofo que se debe plantar en el acontecer no sellando lo acontecido. ¿Cómo podemos hacer filosofía del misterio cristiano que se revela en Jesucristo? ¿Cómo pensar la ética desde la reflexión del cristianismo como acontecimiento? Preguntas que, deberán ser respondidas en otro momento o que tal vez hayan sido respondidas quizás desde qué perspectivas, de las muchas que llenan los estantes de las bibliotecas de los filósofos. Preguntas que un ensayo como este no puede pretender responder.

¿Qué es lo que acontece hoy y que es digno de tomar en consideración para el cristiano?


1.      Lo primero que acontece es el otro, debemos rescatar este acontecer de lo cristiano, en la filosofía, pero especialmente en la ética, volviendo nuestras miradas “al otro”. Eso implica, y lo enuncio con algo de cautela, pensar lo cristiano como un regalo que se da en todos de manera particular que la experiencia comunitaria sólo puede flanquear de manera parcial. El acontecer cristiano implica sobrepasar las barreras conceptuales de la ética aristotélica del ser que subsiste y que es motor inmóvil  y especialmente la  kantiana de la autonomía. Implica pasar del ego trascendental moderno que no puede salir del yo, y por lo tanto, no puede abrirse a la intersubjetividad. Debemos dar el salto a la heteronomía que reconoce en el otro a un legítimo otro, Es lo que Gadamer decía, el otro no es una analogón, algo analógico a mi, semejante. El otro es constante apertura y su reconocimiento implica estar dispuesto a dejar de valer  en mi algo en contra mi, aunque no haya ningún otro que lo vaya a ser valer contra mí” La fe cristiana y particularmente ética cristiana debe entenderse a sí misma como un constante estar en camino al otro, ir al encuentro, señalar, sólo eso, señalar.

2.      Implica pensar la filosofía, como dice Heidegger, desde otro inicio, este otro inicio es el de la inapropiación, ya que el mismo Dios cristiano es el totalmente otro, que resiste a ser idolatrado y que se esconde en lo invisto. El Dios cristiano es el Dios de la donación por el otro, aquel que incluso sufre la experiencia de la muerte, absoluta negación de uno mismo, para poder redimir. El otro inicio es romper con las miradas miopes y empequeñecedoras de los que pretenden religiosamente desde la filosofía negarle a la misma experiencia cristiana condiciones mínimas de racionalidad como si la filosofía que religiosamente profesan es la única digna de ser considerada.

3.      La fe cristiana no debe renunciar nunca a ser un testimonio de la Verdad. Una verdad que está en el corazón de todo hombre  que anhela esperanzado alguna vez poseerla en plenitud. Pero también implica la mirada crítica a sellar conceptualmente cierto modo de mirar lo cristiano. Debe seguir el camino de la fenomenología de volver a las cosas mismas que Husserl entendía como un método genuinamente filosófico. Este  volver a las cosas mismas que nos permita volver al sentido originario del quehacer filosófico y no descansar en las opiniones filosóficas que se han dado, sino más bien, retomar como punto de partida la realidad misma, es decir, ver en la experiencia misma, accesible a todos, rasgos de inteligibilidad, no quedarse en las visiones de mundo que terminan por dar razones interpretativas de la realidad.